Gabriela Biebel y Andrés Sahade: La tempestad

Un Shakespeare nac & pop
Surgida del proyecto Interáreas, la versión que proponen Gabriela Biebel y Andrés Sahade le quita solemnidad a la clásica historia de poder, ambición y disputa familiar. Los responsables de la puesta plantean “una comedia de gags”, para volver más “popular” al dramaturgo.
Tal vez ésta no sea la puesta más apta para los fundamentalistas del teatro isabelino –algunos dirán, “¿qué diablos le están haciendo a Shakespeare?”–, ya que propone un abandono total de la solemnidad que los clásicos ganan con el tiempo: la conforman una estética colorida que recuerda a Tim Burton, recursos del clown, humor fácilmente digerible, contacto con el público, y folklore y danza argentinos. A grandes rasgos, la intención es que la obra llegue a todo el mundo. Un Shakespeare nac & pop: eso es lo que buscan Gabriela Biebel y Andrés Sahade con su versión de La tempestad (jueves a las 21 en el Centro Cultural Rojas, Av. Corrientes 2038). “La persona que la ve y no sabe nada tiene que poder entenderla y disfrutarla dentro del código que plantea”, explica Sahade, quien, al igual que Biebel, es docente en la escuela de Daniel Casablanca.
Al clásico hay que hacerle el amor, sin drama, con locura y pasión. Pero con “cariño” y ciertos cuidados. “Se puede hacer cualquier cosa con responsabilidad”, recalca Sahade. El director es muy consciente de las operaciones que aplicó –junto con el elenco, que jugó un rol activo– a la historia de poder, ambición y disputa familiar que tiene por protagonista a Próspero, duque de Milán a quien el trono le ha sido arrebatado. “La convertimos en una comedia de gags. La tempestad tiene una música original que tratamos de traducir a folklore. Ubicamos la acción en la costa bonaerense del 1600, sin dar demasiadas precisiones”, detalla el director en la charla con Página/12.
Detrás de los cambios no hay capricho, sino una ideología que se resume en volver a la esencia de Shakespeare, más “respetado” detrás de la puesta que arriba del escenario. “Los clásicos llegaron a serlo porque son muy populares”, define Biebel. “A eso tenemos que acercarnos más, a partir de preguntarnos cómo tiene que ser el texto para ser popular hoy”, concluye. Sahade completa: “Lo peor que le pasó a Shakespeare fue Lawrence Olivier, porque lo volvió formal o de culto. Shakespeare era popular. Toda la gente del pueblo iba a ver sus obras, no había cine ni televisión, y las podían entender todos. Aspiro a que a la gente que va al teatro le pase lo mismo. Que pase un buen momento y salga con ganas de volver”. El director fue sacando sus propias conclusiones: cuenta que los teatristas hacen “comentarios” nacidos de “preconceptos” y que, en contraste, la obra gusta más a los que van poco al teatro.
Esta versión de La tempestad surgió de un proyecto denominado Interáreas, del C. C. Rojas, que implica el trabajo conjunto de las áreas de Programación y de Cursos: a la formación se la complementa con una puesta en escena, que el Rojas apoya económicamente. La obra se preparó en los seis meses que duró el taller de montaje dictado por Biebel y Sahade, destinado a actores con experiencia o años de estudio. Los alumnos tuvieron también un intenso entrenamiento actoral y se ocuparon de la producción. “Le pusimos un agregado al taller: que fuera autogestivo”, recalca Biebel. “El objetivo era que los alumnos tomaran conciencia de todas las etapas de producción de la obra: en escenografía y vestuario hicieron un trabajo de reciclaje. También se ocuparon de la música. El grupo eligió dónde poner la plata y la capacidad de trabajo.”
Esta forma de hacer teatro, colectiva y autogestiva –que es la que se enseña en la escuela de Casablanca–, también traduce a Shakespeare, según deja entrever Sahade. Cuando se le pregunta cuál es el foco a nivel temático en la puesta que dirige junto a Biebel, recuerda una frase de Javier Rama, fallecido director de Los Macocos: “Yo pienso que toda obra es una excusa para contar las relaciones entre el grupo”. Y continúa: “Ahí está puesta nuestra mirada, en el grupo. Comulgo con eso. Shakespeare escribía para un grupo determinado y sabía cómo se relacionaban los actores. Tratamos de balancear la carga escénica en todos, ideológicamente. No es una creación colectiva pura pero algo de eso hay”. Los actores son Gonzalo Amor, Sara Calla, Soledad Cardigni, Laura Castro, Ana Conde, Camila Cruz, Tamara Cuesta, Gabriela Goldenberg, Mora Montemurro, Mercedes Najman, Javier Nichela y también Sahade, que encarna al emblemático Calibán.
–¿Por qué el clown sirve para abordar textos clásicos?
Gabriela Biebel: –Parte del entrenamiento fue en el género del clown, pero no encaramos la obra como clownesca, sino que quisimos usar algunos recursos, como la mirada al público habilitada para algunos personajes, la legalización del regocijo o del disgusto en alguna parte del texto o la complicidad con el público. Algunos personajes tienen esto más permitido, como Próspero. Javier Nichela, quien lo interpreta, es un actor con mucha experiencia en el clown así que se siente muy cómodo dentro de esos juegos, que le permiten que su discurso se mezcle muy efectivamente con el de Shakespeare.
Andrés Sahade: –Más allá de lo clown o no, cuando encaramos el trabajo no nos preguntamos “¿cómo es este personaje?”, sino que pusimos a los actores a jugar con pautas concretas y órdenes simples para que el cuerpo se expresara con máscaras variadas. En función de eso empezamos a ver las relaciones entre ellos, dónde fluían más y cuáles eran las duplas o tríos con mejor dinámica, y armamos un camino paralelo al texto. Hay una cuestión de fe: apostamos a que en algún momento se junten ambos caminos.
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