Espejos circulares
Espejos circulares
Casi banal. La historia por la que empieza a girar en la trama de Espejos circulares se caracteriza por su extrema simpleza. Pero casi espontáneamente, con el correr de los minutos y las secuencias -son decenas de cuadros bien delimitados por apagones- , va ganando una densidad que no parece haber buscado ni la autora ni el director ni los intérpretes. Es que lo que empieza a mostrar el devenir de un seminario de actuación para adultos principiantes en un pequeño pueblo de la provincia va transformándose en una involuntaria terapia de grupo que deja desnudos a sus participantes. Cada uno de ellos se va convirtiendo en espejo del otro; va mostrando sin deformaciones eso que el otro se resiste a ver hasta que ya no quedan más máscaras. Y lo que se ve puede ser revelador para unos, doloroso para otros, fortalecedor para todos.
Así, a pura sutileza, se va construyendo esta trama que, de entrada, se mete a la platea en el bolsillo de la mano de los gags que resultan de ver lo que sucede dentro de una clase de teatro. Cualquiera que se haya cruzado con una sabrá reconocer y reconocerse en esos ejercicios que para el exterior se presentan ridículos, expuestos al extremo, pero que de a poco van sacando a flor de piel la sensibilidad de quien se anima. Así es como esta maestra de actores que interpreta Soledad Silveyra va tirando de ese hilo invisible que termina por destejer la coraza de cada uno, incluso la propia. Entonces, el recorrido se presenta por momentos desopilante y por momentos, tremendamente conmovedor.
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