Mariana Mazover: El cerco de agua

Metáforas de la desaparición
La directora y dramaturga Mariana Mazover recupera temas del artículo La isla de los resucitados –como el encierro inútil de los enfermos o el sistema de salud deficitario– y los combina con la historia argentina reciente.
En ese dolorosamente bello artículo que es La isla de los resucitados, Rodolfo Walsh toma de la mano al lector y lo lleva de “paseo” por la selva chaqueña, más específicamente a la Isla del Cerrito. En esa zona, hoy turística, solía funcionar un leprosario. Mariana Mazover, comunicóloga, directora y dramaturga, se lanzó tiempo atrás a la difícil tarea de llevar semejante viaje al teatro. Tras repetidos fracasos, logró darle su impronta a la historia del periodista que más admira, bajo el nombre de El cerco de agua (domingos a las 19 en La Carpintería, Jean Jaurès 858). Se trata de una obra que recupera temas que forman el tronco del texto de Walsh –como el encierro inútil de los enfermos o el sistema de salud deficitario– y los combina con la historia argentina reciente –ni más ni menos, la que se “llevó” a Walsh–, que se filtra a través de símbolos. Con motivo del aniversario del golpe militar, este domingo se repartirán veinte localidades gratuitas una hora antes de la función.
El cerco de agua no es una adaptación: más bien, está basada en La isla de los resucitados. Por empezar, si bien transcurre en una isla, en la obra de Mazover no hay leprosos, sino cinco infectados por una enfermedad que nunca se especifica. Ellos dicen permanentemente que se están “descoagulando”. La historia dispara una serie de fuerzas en conflicto: “progreso de la ciencia y bie-nestar del hombre, libertad e infierno, adentro y afuera y salud y enfermedad”, enumera la directora en la charla con Página/12. En el medio hay dos historias de amor que entran en contraste (el par sería “amor verdadero e instrumental”). Pero más allá de eso, el sentido último de la pieza en tanto discurso hay que rastrearlo en los detalles. Porque a partir del encierro, Mazover construye una metáfora de la desaparición forzada de personas, en una tragedia en que la heroína es ni más ni menos que María Victoria Walsh, hija de Rodolfo, militante montonera.
–¿Cómo surgió la idea de llevar al teatro este texto?
–Mariana Moyano, mi profesora de periodismo en la Universidad de Buenos Aires, nos hizo leer toda la obra de Walsh y al final del cuatrimestre nos dio como consigna que hiciéramos lo que quisiéramos con eso. Veía mucho teatro, La isla de los resucitados me había fascinado y pensaba que se podía hacer una adaptación. Finalmente, con mi grupo hicimos una versión de ¿Quién mató a Rosendo? Retomé la idea de La isla... tiempo después. La dejé varias veces y me deprimí mucho, porque había algo que me resultaba inaccesible en torno de las imágenes de la lepra y el Chaco. Después empecé a romper con el texto y a transformarlo, retomando algunos temas: instituciones de encierro, la arquitectura panóptica y cuestiones vinculadas con la lepra como el estigma, el aislamiento y la vida de los reclusos.
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