Lola Arias: Mi vida después

Edipo recaló en Buenos Aires
La generación nacida en dictadura interpela en "Mi vida después" a sus padres militantes
Lola no es Dolores. Lola es Lola. Si hubiese sido Dolores, sería una chica más contenida, tal vez introvertida y levemente inclinada hacia adelante, como buscando una posición fetal, las arañitas en el estómago que Cortázar evocaba en “Manuscrito encontrado en un bolsillo”. Pero Lola es Lola, que significa que es una mujer que hará lo que le guste y si no te gusta, lola. Siempre le dicen que está loca. Por las ideas que tiene como directora teatral. Como cuando en 2007, durante Striptease, puso a un bebé en escena para tensar la cuerda que sigue desmadejando en esa zona de frontera en que ha plantado la bandera de su arte: el cruce en que la ficción se encuentra con historias verdaderas y los personajes son, al mismo tiempo, personas, historias documentables, sangre que habita fuera del escenario.
Mi vida después, su último trabajo en Buenos Aires (vive parte del año en Berlín), interroga la época de la dictadura cívico-militar desde la perspectiva de la generación nacida en esos años. Ha vuelto de una gira por Europa, Brasil, México y Chile. Se presenta en La Carpintería (Jean Jaurès 858) hasta el 29 de abril. Luego de un proceso de selección exhaustiva, seis actores y actrices en busca de un futuro indagan como mineros por su pasado y su prehistoria, reconstruyendo la vida de sus padres a partir de fotos, filmaciones, ropa usada y esos recuerdos que permanecen mojados en el ténder memorial. Allí están Vanina Falco (la hija del agente de inteligencia que se apropió del actual legislador porteño Juan Cabandié), Carla Crespo (hija de un ex ERP caído en combate) y Liza Casullo (hija del intelectual Nicolás Casullo y de la ex periodista e investigadora académica Ana Amado, exiliados en Venezuela y México) y Mariano Speratti (hijo de un periodista de automovilismo, desaparecido de la JP). Pero también están los otros que no fueron alcanzados por el Monstruo: el hijo del banquero que agachó la cabeza (Pablo Lugones) y el del cura que abjuró de los hábitos (Blas Arrese Igor). “El derecho de hablar de la dictadura es de todos, no es que es derecho adquirido de los hijos de”, dice Arias.
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