Absentha

Teatro: Caras y Caretas

Después de ver Absentha, dan ganas de escribir haikus como Apollinaire. Algo inexistente. La obra que dirige Ana Sánchez y escribiera Alejandro Acobino, Absentha, critica la hibridación rioplatense de la cultura for export, la pose conocida de lo vanguardioso, la glorificación de la diletancia. Cuenta con actores de excepción, que crecen en la dramaturgia con un pulso de dibujante chino.
El comienzo es engañoso. Tres aprendices y un maestro decandente se juntan en un taller de poesía durante las horas muertas de un aula de escuela municipal. La situación es en apariencia chiquita. Hinca la yugular en el pequeño mundo del arte amateur, se infiltra en las zonas bajas de la cultura de los ’90. Hay guiños: “No te hagas el Alan Pauls, no te hagas el Alejandro Rozitchner”. Cuando la risa parece vana, de repente –como sucede con el buen humor–, la obra profana la distracción y devela el pantano que bulle, caliente y silencioso, en el subsuelo. Aparece la vida mediocre con toda su sombra, y la solución viene a través del amor a la diatriba, a la “munición gruesa” exagerada. Así, la violencia corporativa –una especie de cipayismo poético– actúa como salida aparente del laberinto cotidiano. Todo se ejecuta con bardo, como si los colegiales fueran el factótum de una revolución artística.

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