Vuelo a Capistrano

Nota del 20 de febrero
Los símbolos eternos de la libertad
Figuras indiscutibles del teatro nacional, por primera vez unen sus talentos para una obra. El resultado es una comedia dramática que se vale de un texto inteligente y una puesta con gran ritmo, diálogos cruzados y reflexiones personales en constante ebullición.
Dos popes del teatro nacional confluyen por primera vez en escena. Carlos Gorostiza, 90 años, el autor de más de cuarenta obras que sacudió al medio en 1949 con El puente, una pieza donde pintó dos mundos enfrentados, la calle y la casa, con sus personajes característicos y sus formas de hablar cotidianas. Agustín Alezzo, 75 años, más de setenta puestas en escena y uno de los más grandes maestros de actores, debutó como intérprete en las filas del Nuevo Teatro dirigido por Alejandra Boero y Pedro Asquini, y fundó el Grupo de Repertorio para evadir la censura militar y seguir trabajando sin que su nombre apareciera. Gorostiza es también uno de los referentes centrales de la llamada Generación del ’60 (que formaban Roberto Cossa, Jacobo Langsner, Ricardo Halac, Carlos Somigliana, Ricardo Talesnik y Oscar Viale, entre otros) y de Teatro Abierto, el bastión de la resistencia cultural de la última dictadura militar, además de ser el primer secretario de Cultura con la recuperación democrática. Por su parte, Alezzo se empapó de las ideas del maestro ruso Konstantin Stanislavsky y tomó contacto con la actriz y docente Hedy Crilla, de origen austríaco. Este sería el comienzo de una etapa esencial de su trayectoria, marcada por una intensa formación y por el descubrimiento de la dirección, que lo llevaría a concretar éxitos como Master Class, protagonizada por Norma Aleandro; y los unipersonales Yo soy mi propia mujer, con Julio Chávez, y Rose, a cargo de Beatriz Spelzini, entre los más recientes.
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