Las suplicantes

Nota del 18 de febrero

Las suplicantes

Una puesta de Daniel Casablanca todavía a mitad de camino

Representar hoy una tragedia griega es una empresa merecedora de elogio. Nuestro público ha recibido con entusiasmo, en los últimos años, espléndidas puestas de Las troyanas y de -más reciente- Medea , de Eurípides, descubriendo en ellas inesperadas facetas de actualidad. El mérito implica también un riesgo enorme, vinculado sobre todo a la capacidad de los actores. De las siete tragedias sobrevivientes ( La Orestíada , Los persas , entre otras) de la vasta producción de Esquilo, acaso Las suplicantes sea, desde el punto de vista de la acción dramática, una de las menos atractivas para el espectador moderno. Con buen criterio, los responsables de esta versión optan por destacar el costado político de la trama: si el rey Pelasgo, de Argos, accede a las súplicas de asilo solicitado por las hijas de su colega, el rey Dánao, quienes se rehúsan a casarse con sus primos hermanos de Egipto, que las persiguen, y por eso han huido de ese país, es probable que estalle una guerra cuyo resultado es impredecible. Aquí se juegan dos temas muy actuales: el derecho de la mujer a disponer de su cuerpo, abjurando de la tradicional sumisión al macho, y la convocatoria que hace Pelasgo a un plebiscito, para decidir democráticamente el partido por tomar.

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