La familia argentina


La vuelta del padre

Después de casi quince años de ausencia en los escenarios, Alberto Ure vuelve al teatro con La familia argentina, la única pieza que escribió en toda su vida. Y aunque sigue alejado físicamente de las tablas por motivos de salud, Cristina Banegas –una de sus actrices favoritas– ocupa el lugar de directora y logra encarnar el espíritu feroz y sin concesiones de la obra. Visionario, se adelantó al tema de la familia disfuncional antes de que infestara las tablas porteñas a la vez que capturó el espíritu de la década del ’90 con sutileza y brutalidad. Su estreno permite, además, repasar la carrera de un director revolucionario que a fines de los ’60 rompió con todas las grandes líneas imperantes a la vez y encontró un estilo único. Lo que Alberto Ure buscaba era una verdad que trascendiera al texto y si para eso era necesario trastornar a los actores, lo hacía. Algo que lo convirtió en un hombre polémico, amado y temido, pero también respetado por buscar los extremos sin falsas provocaciones.

Hubo un hit de los años ochenta cantado por Viudas e Hijas de Roque Enroll que se llamaba igual. Pero Alberto Ure es en sí mismo un hit de los años ochenta. Es lo más contundente que le pasó al teatro argentino en la vuelta a la democracia, aunque no muchos se hayan dado cuenta. Ure está fuera del ruedo desde hace más de una década por graves motivos de salud, y a ese silencio de su obra no lo acompañó una canonización en los manuales disciplinares. Es lógico. Como eso que se predica de todos los adelantados, es una figura incómoda, difícil, no del todo dimensionada por sus contemporáneos, a pesar de que ya sea hora y esté cumpliendo setenta y un años. Hoy se puede comprobar viendo la puesta del único texto dramático que escribió en su vida, La familia argentina, diez años después de haber sido escrito, nunca terminado y nunca estrenado. El texto es de fines de los ochenta y comienzos de los noventa, muchísimo antes de que la familia disfuncional se extendiera como una termita sobre las tablas porteñas y todos sintieran la obligación de decir algo al respecto. Lo de Ure en esta obra es de una lucidez conmocionante. Aunque la idea de hablar sobre la familia haya sido más una excusa para uno de sus electrizantes chistes dramáticos que un ensayo sociológico, la retrató con más profundidad y menos autocompasión que nadie.

Pero no sólo esto. La familia argentina deja ver también cómo Ure percibía la dinámica inicial de los años noventa, con la sutileza que la simultaneidad temporal no permite sino a los espíritus extremadamente agudos. Es un fresco de la violencia soterrada, la frivolidad y la tragedia que atravesaban el aire. Como si el teatro pudiera reanimar el cadáver de Carlitos Menem Jr., los ojos en compota de Marcela Tiraboschi, el tapado de piel de María Julia Alsogaray, el indulto, el positivo de Maradona en el Mundial, el estallido de la AMIA, el nacimiento de la figura de Tinelli, pero en el seno de los vínculos más íntimos, en un living y arriba de un escenario.

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