Juan Pablo Geretto: Yo amo a mi maestra normal
Nota del 19 de enero
La “seño” sube al escenario
En el unipersonal que realiza de miércoles a domingos en el Teatro Lido, la escuela se convierte en plataforma para que el artista destaque luces y sombras de una institución por la que pasaron millones. “El proceso de investigación lo arranqué a los cinco años”, señala.
“Seguí, que te estoy viendo”, “tengo la tarde entera hasta que me digan quién fue”, “formen fila y tomen distancia”. Las frases resuenan como moscardones encerrados en el cráneo de todo el que haya pasado por las aulas de una escuela argentina. Se han introducido en el pensamiento hasta el punto de que ni siquiera se tiene conciencia de que están ahí, zumbando en la memoria. Y lo mismo pasa con muchísimas otras sensaciones que Juan Pablo Geretto atrapa y desmenuza en Yo amo a mi maestra normal, el unipersonal que presenta de miércoles a domingos en el Teatro Lido (Santa Fe 1751).
Al ver a Geretto en escena florecen las hipótesis: o este muchacho sufre un grave problema de esquizofrenia o es un gran actor (o ambas cosas). De otra manera no se explica el nivel de minuciosidad con que reproduce la gestualidad de las docentes. Da la impresión de haber pasado meses haciendo observaciones “de campo” en establecimientos educativos. Pero no: “El proceso de investigación lo arranqué a los cinco años, cuando entré por primera vez en un aula”, dice. “A veces pienso que lo que se cuenta en mi espectáculo no sólo tiene que ver con la escuela, sino con un sistema de transmisión de conocimientos que mantuvo su estructura generación tras generación y nos afectó hasta la raíz”, agrega.
–La escuela es transmisión de conocimientos pero también de afectos. Y de broncas.
–Absolutamente. Uno no se va de la primaria sabiendo cuándo aprendió a distinguir el sujeto del predicado; pero sí se acuerda en qué grado escuchó de sus maestras determinadas frases. Siempre hay, por ejemplo, alguno a quien “la seño” le dijo algo bueno o malo que lo marcó. Pueden haber pasado décadas, pero la herida o el orgullo de aquel comentario siguen ahí. Ojo, por ahí la mujer lo dijo casualmente, o distraída. Sin embargo, ese chico grabó aquellas palabras para el resto de su vida.
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