El diluvio que viene

El diluvio que viene
Este clásico italiano que se rebela ante la religión y la autoridad, en su formato original
MAR DEL PLATA.- Definitivamente naif. Frente al vendaval de comedias musicales que han llenado la cabeza, el cuerpo y el corazón de los amantes del género, esta pieza de altísimo valor histórico (y por ello emocional) no puede menos que verse blanca y candorosa no sólo desde el punto de vista de su mensaje -de tolerancia y solidaridad- sino también desde su puesta en escena. Acá no hay impactantes puestas de luces o provocadoras coreografías que dejan el cuerpo del espectador en tensión, sino una melodiosa y tierna historia de amor y rebeldía que se refleja en los cuadros musicales y en una puesta (calcada de la original) en donde la madera y el trabajo artesanal juegan un papel preponderante.
Dios se ha comunicado con el padre Silvestre, cura de una pequeña aldea, para anunciarle que se encamina un nuevo diluvio universal (no le está gustando mucho el rumbo que han tomado las cosas y quiere empezar de nuevo). Es deber de este párroco convencer de lo que parece una locura a los habitantes del pueblo que están ávidos de creer pero también son temerosos del poder, lo que los hace fluctuantes, volátiles, manipulables. El amor llega a esta historia de la mano de la bella Clementina, hija del alcalde, que está perdidamente enamorada del padre Silvestre, quien tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para pasar de largo a las suaves pero concretas insinuaciones de la joven. Con este estado de cosas el cura debe organizar a su gente para que, entre todos, construyan un arca. Y ahí están dos de las claves hacia donde apunta este musical: la solidaridad y el compromiso comunitario (se hace natural recibir el emblemático cuadro "Las hormigas mueven la montaña"); y el arca en sí misma, una belleza artesanal que sigue impactando aún con el paso del tiempo.
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