Pablo Rotemberg: La idea fija

Un Kamasutra para el cerebro
El pianista, coreógrafo y bailarín se inspiró en “la ausencia de personas” del cine porno para crear esta obra a la que define como “una mirada cínica sobre el romanticismo”. Puede verse los sábados y domingos en El Portón de Sánchez.
Escribir con la idea fija en el sexo sobre La idea fija, obra de teatro-danza que sábados y domingos llena la sala de El Portón de Sánchez (Sánchez de Bustamante 1034) sería al menos engorroso. Decir, por ejemplo, que el pianista, coreógrafo y bailarín Pablo Rotemberg cogió una vez más al toro por las astas crearía una imagen –y no por la zoofilia– realmente tajante. Sobre todo si se añade que su primera experiencia al respecto fue con El lobo, unipersonal que estrenó hace cinco años en El Camarín de las Musas y que permaneció en cartelera hasta 2008. Es que de lo que se habla, en rigor, es de su buena labor como director, aunque el dispositivo del tipo malpensando sea una de las perspectivas posibles para examinar la vorágine de cuadros de esta verdadera batalla del movimiento que se presenta los sábados a las 23.30 y los domingos a las 20.30.
De encararlo así, cuanto menos no se estaría obviando el costado “morboso” del también guionista cinematográfico de 37 años, que para fundir estas precisiones reseña que, “cuando era chico, fue muy impresionante conseguir un VHS de Calígula, de Tinto Brass, que tenía imágenes de sexo amplio, ni homosexual ni heterosexual. Era machista pero también tenía escenas para interpretar con un sentido más abarcativo”. Este y otros films eróticos y/o pornográficos funcionaron a modo de “inspiración” para la creación de su más reciente pieza. “Del cine porno me encanta esa ausencia de las personas. Ves una cosa mecánica y rara, con planos que duran demasiado tiempo, y en cierta forma eso revela un espacio de soledad en una actividad que es con otro”, observa. Y es un aspecto que penetra sin lubricante: la obra arranca con los violines de “Romance” –vals compuesto por Georgy Sviridov y aportado por Gastón Taylor– y una canillita de luz que cede a cuentagotas –acierto de Fernando Berreta– en una oscuridad sobre la que aparece un engendro que pronto será un hombre; y una hora después concluye con los cinco intérpretes (Alfonso Barón, Juan González, Mariano Kodner o Diego Mauriño, Rosaura García y Vanina García) ofreciendo sus sexos a la Ausencia.
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