Gabriel Chamé Buendía: Llegué para irme


"El público porteño tiene buen ojo"

Entrevista. El clown está de vuelta. Presenta “Llegué para irme”. Habla de su paso por el Cirque du Soleil, de su trabajo con Adrián Suar, de cómo entrena en España a Ernesto Alterio. Aquí, le dio clases a Katja Alemann, Julieta Díaz, Osqui Guzmán y Paula Robles. Quiere hacer un programa al estilo “Mr. Bean”.

El maestro del teatro físico Jacque Lecoq decía que para encontrar el clown de cada uno había que indagar en las debilidades esenciales, experimentar con ellas, exhibirlas y burlarse en público y, quizás con eso, hacer reír a otros. Para recorrer este largo camino al fracasado interior y regresar con la única gloria de una conciencia madura de la infancia, hay que estar dispuesto a desnudarse y cubrirse; a armar y desarmar; a sacar afuera el ridículo para obtener ternura; y a irse, llegar y volver a irse muchas veces. Como Gabriel Chamé Buendía que desde que se fue de la Argentina hace veinte años, no paró de estudiar, investigar y generar proyectos.

A partir de mañana y sólo por seis viernes, el clown se presenta en Timbre 4 con Llegué para irme , el espectáculo que ya había traído a Buenos Aires en 2007. “Es el mismo y hay cambios, las dos cosas. Porque un espectáculo de clown se puede hacer toda la vida. Y yo no me conformo con hacerlo por poco tiempo, es algo vivo, tiene una evolución igual que mi vida y los cambios tienen que ver con los míos como artista. Pero sí, hay nuevos gags y dura veinte minutos más que la hora y cinco originales”, dice este actor, director y pedagogo, formado en la Compañía de Mimo de Angel Elizondo; discípulo del parisino Etienne Decroux; fundador del Clu del Claun, junto a Batato Barea, entre otros; e integrante entre 1999 y 2004, del prestigioso Cirque du Soleil. A este hombre de mundo le place, sin embargo, regresar a escenarios locales: “Me provoca un gusto enorme volver a trabajar acá porque yo he sido parte de la evolución del teatro argentino, he sido parte de la regeneración. Y el público porteño tiene un buen ojo, es exigente pero también caliente, no frío ni indiferente o intelectual, es frío y caliente a la vez, no como el español y el francés que conozco bien”.

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