Julio Chávez: Sweeney Todd


“Esta es la historia de un equivocado acto de justicia”

Las ganas del actor y el director Ricky Pashkus de contar la historia del peluquero vengador se remontan a fines de los ’70 y recién se concretarán a partir de mañana, cuando se estrene en el Maipo. Para el protagonista será el debut en el musical.

Como el resto de los mortales que poseen la aptitud del lenguaje y la imaginación, Julio Chávez tergiversa sus pensamientos al decirlos, según él mismo afirma. Y esa observación es en sí misma una tergiversación de lo que cruza por su mente cuando afirma que tergiversa sus pensamientos al decirlos. “Como dice Pirandello, estoy haciendo una traducción de un asunto que hay en mi cabeza, soy el traductor del traductor del traductor...”, grafica. Y es una cadena que no termina, no porque no tenga origen, sino porque no se pretende rectilínea: posee más bien el aspecto de una telaraña de cuyos nodos se disparan lanzas de sentido hacia múltiples direcciones. Entonces, uno se cruza por la calle con un póster predominantemente negro que muestra rapado al actor, director, dramaturgo y docente, con una camiseta con botones y tirantes, junto a una Karina K con vestido y guantes recortados haciendo juego. Es la publicidad que anuncia con tipografía sangrienta el estreno de Sweeney Todd, el cruel barbero de Fleet Street para mañana a las 20 en el teatro Maipo (Esmeralda 443). Y si es la primera vez que se lo cruza, uno no sabe por qué la mirada tarda en acostumbrarse a la propuesta. ¿Tendrá que ver con que es su primer musical en más de treinta años de trayectoria? ¿O con el apego que produjo su temperamental José, de la exitosa serie televisiva Tratame bien? ¿O acaso con el desapacible paso entre éste y el aún fresco ser encarnado por Johnny Depp en el universo burtoniano? Tal vez sea la suma de esas circunstancias y de otras no enumeradas, pues “nada puede ser completamente dicho”, sentencia el también autor y director de La de Vicente López (que se muestra los viernes a las 21 en el Beckett, Guardia Vieja 3556).

El “cuentito” publicitado, el del barbero asesino surgido de una leyenda de símil estatus que Jack El Destripador, arranca en la Londres victoriana, cuando Sweeney regresa de un exilio forzado por un juez secuestrador, violador y homicida. Es que entre las víctimas de este déspota se encuentran la esposa ultimada y la hija raptada del pobre estilista inglés, que al volver –con no sólo la frente sino todo lo suyo marchito– inmediatamente conoce a la Señora Lovett, una pastelera bastante excéntrica. Junto a ella, el peluquero justiciero inicia un negocio redondo: no harán jabón de hombres asesinados a navaja, sino pastelitos de carne. Como buena parte de la obra transcurre en el interior de una barbería y alguna vez Chávez fue dueño de una cabellera abundante, ése es el tema con el que la charla con Página/12 comienza. “Cuando era chico, vivía a la vuelta de un peluquero, y era un lugar muy importante, porque era adonde acompañaba a mi padre como regalo por portarme bien”, recuerda. “Debía sentarme muy juiciosamente porque en esa época el peluquero era como un cirujano. Por lo blanco, por el guardapolvo, por las tijeras, el lugar tenía algo de quirófano. Los peluqueros eran hombres serios y tenían algo glorioso: la... ¿cómo se llama?”

–¿Gomina?

–¡La gomina, hombre! Era algo genial, porque era de color extraño, un azul transparente, y con un olor muy particular. Recuerdo también el de la colonia, su ardor, que era una especie de cierre glorioso del hecho. Las maquinitas, la decisión del corte. Era un momento en el que el hombre tenía pocas escenas estéticas.

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