El box

Una fiesta armada a contracorriente
La obra se centra en la fiesta de cumpleaños de La Piñata, una ex boxeadora. Aunque no quiere pelear, los invitados están ávidos de sangre y ella asume el castigo con una resignación casi religiosa.
Como si fuera un imperativo biológico, María Amelia, La Piñata, se prepara para una fiesta en su casa, un gimnasio de box de mala muerte; carga botellas y lleva bandejas con ansiedad guerrera, perseguida por el deseo de revivir lo que fue. Es la combatiente que recibió heridas antes de tiempo, el centro de una historia con visos de broma negra que genera tensiones y despierta risas, al menos en un sector del público. ¿Qué se viene después del traqueteo de esta mujer, de sus preparativos y la charla con Aníbal, el compañero que arrastra una pierna maltrecha y pretende ser el relator de hazaña inexistentes? En ese ambiente de claroscuros (por el diseño de luces y por lo que se revela y oculta), las ironías se desarman cuando La Piñata acomoda el cuerpo y toma un descanso. Impresiona como el ingreso a un sueño. Su relato, breve, es el de una niña–mujer desorientada. El público se entera de que su “pobre padre” apaleaba a la madre de esta María, tironeada en su niñez por la enseñanza boxística de su padre y la religiosidad de su madre, obsesionada con las normas del catecismo y la historia de la crucifixión. Sin adherir a una interpretación psicologista, puede decirse que ella ha sido su propia antagonista: apuró su vida desdoblándose en niña y adulta, en varón y mujer, pues siendo joven se disfrazó de muchacho para boxear. No caben dudas de que aguantó golpes, y los espera, aunque aquí anticipe que no boxeará.
Más en Página/12
Comentarios