La vida es sueño


Clásico con transgresiones

La versión del catalán actualiza la estructura formal de la obra de Pedro Calderón de la Barca y pone a prueba conceptos sobre la sumisión y la voluntad despótica. Actúan Muriel Santa Ana, Joaquín Furriel y Patricio Contreras.

El “gracioso” característico del teatro del Siglo de Oro español es aquí un personaje desenfadado y proclive a las descripciones caóticas; adopta posturas de torero y orina a Segismundo cuando éste, promediando la obra, discursea sobre el honor. Segismundo pasa de prisionero en una torre a príncipe, mostrando inclinación homicida en su primer despertar en palacio. Quitadas las cadenas, arroja a un criado enano por un balcón y amenaza a su tutor Clotaldo, quien viste un contemporáneo traje de militar. Escenas como éstas atraviesan el drama del hijo encadenado por su padre Basilio, el rey astrólogo que creyó ver en el príncipe “un compuesto de hombre y fiera” que lo destruiría. Ese vaticinio, en caso de derrota, lo convertiría, y no simbólicamente, en un rey desnudo. El otrora niño y hoy joven ha crecido en soledad y arrastra cadenas, pero ésta y otras violencias no generan vértigo. La violencia –como la amenaza– decanta y abre paso a la humorada o al patetismo que trasluce el enternecido rey Basilio al surgir desde las sombras cargando en sus brazos un caballito de juguete.

La vida es sueño deviene en esta puesta del catalán Calixto Bieito en interesante mezcla de asuntos filosóficos y actos comunes que se potencian al incorporar técnicas y estilos actorales diversos. Sucede, entre otros ejemplos, cuando se inserta música flamenca desafiando climas, pues la acción transcurre en Polonia y el autor es madrileño. También, al yuxtaponer el lenguaje poético-filosófico con las vulgaridades del “gracioso”, cuya función es aquí enredar conflictos, incluido el irresuelto drama entre padre e hijo. ¿Cuánto habrá influido en Calderón el hecho de haber padecido a un padre tiránico?

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