Norman Briski y María Pía Molina Brescia: Las primas


“El teatro popular es el que une sin banderas”

La actriz debuta como directora con la obra de su mentor, que la había minimizado hasta que Eduardo Pavlovsky la definió como “un calidoscopio teatral”. “El punto de partida fue la enorme oscuridad de las conductas femeninas”, reconoce el autor.

“Ese que entró viene de una escuela tomada. Ha sido el líder de los jóvenes. Es un poeta de la gran siete: escribe buenísimo y edita sus propios libros.” En la recepción del Teatro Calibán, la charla es interrumpida más de una vez por el timbre, el teléfono y la llegada de alumnos que se agolpan alrededor del grabador. Su maestro, Norman Briski, no los ignora. Al contrario: presenta a esos “cuerpos éticos”, concepto que utiliza para designar a los actores. En el caso de Ignacio Liang (el poeta), Briski finaliza la descripción con un consejo indirecto. “Es un capo siempre que no se engrupa, porque si cree que no es igual a todos, cagó.” La modesta fachada de la escuela, ubicada al fondo de un lúgubre pasillo en México 1428, contrasta con la magnitud de los valores que la edifican. Desde que la fundó, en 1987, el actor, director y dramaturgo educa a sus alumnos en la humildad, el compromiso y la independencia. Y cuando alzan vuelo propio, colabora en la supervisión de los espectáculos que dirigen. El caso más reciente es Las primas (todos los sábados a las 22 en el Calibán), pieza escrita por Briski y dirigida por María Pía Molina Brescia.

Como buena parte de sus compañeros –en total suman 200–, Brescia conoció a Briski en la Gráfica Patricios, de Barracas. La flamante directora integró, en carácter de asistente, el grupo teatral comandado por el actor que elaboró un guión en base a la lucha y recuperación de la fábrica por parte de veintiocho trabajadores, en 2003. “No podía creer que él estuviera ahí. Cuando va a esos lugares es la figura del acontecimiento. Nos induce, nos quedamos cerca de su presencia porque tiene vitalidad”, afirma la joven de 26 años sobre la primera vez que se topó con el dramaturgo, con quien estudia desde hace cinco años. Aquel guión inicial se convirtió en Maquinando, obra que se estrenó en el Calibán en 2007 y luego se presentó en espacios con historias similares a la que dio origen al texto. “¿En qué país del mundo hay tantos grupos de teatro que no quieran ver un centavo? Le dije a toda la gente que si quería seguir formándose viniera al Calibán. Y acá se aburguesó un poco”, bromea Briski, para luego explicar la metodología de trabajo que toma forma en su escuela: “Las obras se hacen como devenir de las clases. Cuando todo funciona bien, los estudiantes se convierten en actores y no tenemos necesidad de pedir jugadores prestados. Se trabaja mucho con el actor y con lo que elige para hacer, sin imponerle nada”. En efecto, esta segunda versión de Las primas –la primera data de 2006– surgió por iniciativa de las actrices-alumnas Coral Gabaglio y Sofía Guggiari.

Aunque “ni vaya a verla” y el hecho de que figure su nombre es “el respeto por el entusiasmo de los comienzos”, Briski es también el director de la ya clásica Potestad, de Eduardo Pavlovsky, actualmente en el Centro Cultural de la Cooperación. Como actor, integró el elenco de Tratame bien, éxito televisivo que ganó el Martín Fierro de Oro. Es injusto pero cierto: la de autor es su faceta menos (re)conocida. En relación con Las primas, él mismo admite no haberle otorgado al texto el valor que merecía. “Mucho después de que la escribí, mi amigo Pavlovsky me dijo que estaba bárbara. El fue quien subrayó la potencia de esta obra”, expresa. De hecho, su colega la definió como “un magnífico calidoscopio teatral”. Y lo es: Las primas es una historia de amor, erotismo y sensualidad; sensaciones y estados –por no decir tópicos, un término no demasiado briskiano– con fuerte presencia en otras creaciones del dramaturgo, como Copla y Fin de siglo. Pero tiene también su impronta sociohistórica, porque Ana y Eugenia, espesamente opuestas y complementarias, ingresan como mucamas a un hotel para cumplir con una misión: de-satar una revolución.

–Molina Brescia, ¿qué le interesó de este texto?

María Pía Molina Brescia: –Fue la segunda obra que vi en el Calibán, apenas entré. No me aburrió, pero no la entendí. Cuando las actrices decidieron hacerla en el seminario me encantó. Supongo que es porque pasaron los años, estoy más grande. Lo que más me gustó es por qué estas dos chicas están juntas, el objetivo que comparten.

Norman Briski: –Lo que le pasó a Pía la primera vez es que no sintió la obra. Era una versión más expuesta, menos íntima. Lo que yo busco es que resuene en la gente, en su cuerpo. No escribo pensando en que se va a entender. En este trabajo, cuando estás con una propuesta didáctica excluís el juego que sería producir, sin especulación alguna, cierta subjetividad.

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