Luis Di Carlo: Vivarium

El peligro está ahí afuera
La obra comienza cuando tres personajes se encierran en un galpón para ver cómo actuar frente a una enfermedad contagiosa.
“Siempre pienso en un teatro que produzca conmoción, un teatro que, una vez visto, no se olvide más”, afirma el director Luis Di Carlo, autor de Vivarium, recientemente estrenada en el Teatro del Abasto, bajo su propia conducción. La conmoción estética, para este artista, no depende ni de escenografías grandilocuentes ni de elencos numerosos: en unos pocos metros cuadrados atiborrados de objetos encontrados en la calle, el trío conformado por Paola Pelmer, Héctor Leza y Jenny Van Lerberghe interpreta una historia evocadora de otras historias literarias, con notables herramientas expresivas. Vivarium comienza cuando tres personajes se encierran en un galpón mientras intentan consensuar un modo de actuar frente a lo que parece una enfermedad contagiosa. Estrenada el año pasado en la modalidad del work in progress, pensada y escrita antes de la pandemia de la Gripe A, Vivarium surgió por necesidad: “Como no encontraba textos que atrajeran mi atención decidí ponerme a escribir yo mismo”, cuenta Di Carlo en una entrevista con Página/12. Y aunque hace años supo hacer espectáculos basados en la ironía y la comicidad (lo prueban una puesta de una obra dadaista, El corazón a gas, de Tristan Tzara, y múltiples incursiones en el under de los ’90), al director ya no le atrajo generar situaciones que moviesen a la risa.
Guiado por sus intereses científicos (Di Carlo es, además, profesor de física, biología y matemática), pensó en desarrollar una historia relacionada con virus y mutaciones. Así, en una ciudad y un tiempo impreciso, un hombre y dos mujeres (una de ellas, embarazada) discuten sobre cuál será su modo de defenderse del mal que parece expandirse con el paso de las horas. ¿Dónde está el peligro, en el afuera que muta sus antiguas convicciones o en el interior del refugio? Influido por el teatro de Eugene Ionesco, Di Carlo toma como referente a Rinoceronte, pieza del absurdo en la cual el personaje protagonista se resiste a convertirse en ese animal, a diferencia del resto de sus conciudadanos que han aceptado la mutación sin chistar. No obstante, Di Carlo propone un giro inverso y, a diferencia de la obra del rumano, le asigna al afuera un valor de cambio deseable. No es un detalle menor que los que aparecen como peligrosos portadores de un virus malsano se expresan verbalmente con libertad surrealista y viven sin prejuicios ni moralinas. De esta manera, Vivarium es una obra profundamente optimista: el grupo parece resuelto a confiar en el futuro aceptando, cada uno a su modo, el nuevo cuadro de situación.
–¿Cuáles fueron los temas que quiso plantear cuando resolvió escribir Vivarium?
–Quería reflexionar acerca del mal y dónde ubicarlo. Recordé El séptimo sello, de Bergman, donde se habla sobre la profilaxis de la peste: los señores feudales se enclaustraban en sus castillos, pero la enfermedad entraba en los alimentos que ellos traían del afuera. Como especie biológica, todos estamos inmersos en un mundo caótico, a merced del peligro de contraer males de los más diversos.
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