Lengua viva


María José Gabin, deliciosa

La actriz se vuelve narradora en un trabajo dedicado a su padre, Pérez Celis

En teatro, todo discurso narrativo propone una hipótesis de interlocución directa con el espectador. El narrador puro apela sólo al sortilegio de la palabra y a la manera en que él la dice, para captar el interés de quien escucha y recrea imaginariamente el relato. El narrador actor pone también en juego su cuerpo y otros elementos escénicos cuando su labor intenta hacer del cuento un hecho teatral más completo. En el caso de Lengua viva, la actriz, bailarina y escritora María José Gabin -ya inscripta en la memoria mítica del teatro por su pertenencia a Gambas al Ajillo, aunque haya hecho, y muy bien, muchos otros roles fuera de ese grupo-se inclina más por esta última variante.

Para esta empresa ha sido respaldada con mucha eficacia por Blanca Herrera, una de las creadoras de la Escuela del Relato, junto a Ana María Bovo y Juan Manuel Wolcoff. El espectáculo está constituido por ocho relatos escritos por la propia María José Gabin, que va contando con una personificación distinta según quién sea la protagonista de la historia. Las narraciones se internan en extraños mundos en que la soledad, el sueño, la nostalgia, el crimen o el absurdo cobran su cuota de angustia o irrisión a la vida y sus personajes, y producen escalofrío o inquietud en algunos pasajes e hilaridad en otros. Hay mucho clima de literatura o cine en ese material -Horacio Quiroga, Lewis Carroll, Alfred Hitchcock-aunque transformado, procesado con rigor en un curso de escritura personal.

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