El anatomista

La versión freak de un provocador
El director de Fuego entre mujeres llevó al escenario la –en su momento– polémica novela de Federico Andahazi. Con sus recursos habituales consigue de a ratos el efecto deseado, y logra establecer complicidad con un público variado de señoras elegantes y jóvenes punks.
Si para Amalia Lacroze de Fortabat la novela El anatomista, de Federico Andahazi, en 1996 “no contribuía a exaltar los valores más elevados del espíritu humano”, catorce años después la obra teatral epónima en versión de Luciano Cazaux y dirigida por José María Muscari probablemente haría que la empresaria de Loma Negra abandonase el teatro Regina Tsu indignada. Porque lo que la puesta teatral “exalta” es lo que de repulsivo le habría sugerido el libro ganador del Primer Premio de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (aunque al autor el galardón le fuera negado), pero con los desnudos y toqueteos en vivo. Ya la sinopsis de la obra encuentra a un escandaloso Mateo Colón (Alejandro Awada) sumido ante un tribunal de la Inquisición cuando su más celebre descubrimiento, volcado en las hojas de De re anatomica, toma estado público: su “América, dulce tierra hallada” no se encuentra en el hemisferio occidental (como con la que su tocayo se topó) sino entre las piernas de las mujeres. Es el clítoris, órgano bautizado por el anatomista como “Amor veneris”, el generador del amor en ellas, pues se afirmaba que el alma era un atributo exclusivamente masculino y que sólo podía ser transmitida por el “semen metafísico”.
Embaucado por la belleza de una prostituta llamada Mona Sofía (Sofía Gala Castiglione) y presionado por el hermetismo del decano de la Universidad de Padua, Alessandro Legnano (Antonio Grimau), Mateo Colón hace de su claustro un laboratorio donde experimenta con cadáveres y combina hierbas y alcoholes para luego untarse el pene y hacer digerir la pomada a las prostitutas de un burdel, entre ellas la joven pupila Beatrice (Alejandra Rubio). Pero esos intentos quedan demorados por un encargo que le dará respuestas inesperadas: el médico debe restaurar a la “monjita” Inés de Torremolinos (Romina Ricci) de su fiebre. Acompañado por un ayudante (Walter Quiroz, que utiliza el nombre del cuervo Leonardino), Colón descubre una protuberancia entre las piernas de esta mujer que se le ocurre frotar con sus dedos. Al cabo de unas semanas de terapia, Inés está curada. Y enamorada. Pero el corazón del médico pertenece a “la más puta de las putas”.
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