Marathon
Espléndido montaje de Marathon
Con su puesta, Villanueva Cosse mantiene intacto el espíritu del gran Ricardo Monti
Varios méritos habría que adjudicarle a la magnífica producción dramática de Ricardo Monti dentro del teatro argentino, difíciles de detallar en el menguado espacio de una crítica ocasional. Por lo pronto, y sabiendo que nos olvidamos de otros, hablemos de dos: uno es haber introducido en nuestra escena una voz poética de alta calidad y perfil singular -que es la condición sine qua non que marca y justifica la presencia de un artista en el territorio de la creación-; el otro, haberse constituido en maestro e impulsor germinal de una generación de dramaturgos que aportaron y siguen aportando fertilidad a la literatura teatral de este país.
En ambos casos, su aporte es grande. Cuando Jaime Kogan estrenó Marathon en el por entonces asediado teatro Payró -1980, año en que la última dictadura militar no exhibía aún signos de agotamiento-, una suerte de moda comenzaba a tomar forma: la del teatro de la imagen, tendencia que negaba el papel de la palabra en el fenómeno escénico. Sin perjuicio del buen propósito que animara a sus impulsores, era, a todas luces, una petición estética inoportuna y sospechosa en un momento en que el régimen sostenía que el "silencio" era salud y acallaba opositores a granel y por cualquier método.
Monti, con su teatro -del mismo modo que Osvaldo Dragún, Roberto "Tito" Cossa, Carlos Gorostiza, Griselda Gambaro y tantos otros que luego confluyeron en Teatro Abierto-, demostró que la palabra es imprescindible en teatro y que no hay instrumento más rico y generador de imágenes que ella en la mente del hombre, con la virtud suplementaria de que contribuye, sobre todo cuando transita por el camino de la polisemia o la exuberancia de lo poético, a que el receptor construya en libertad y autonomía su sentido, a que lo haga desde su propio mundo. Y lo demostró en un tiempo difícil y peligroso.
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