La Bella y la Bestia

El despliegue no tapa la excelencia
"La Bella y la Bestia". Debuta con idéntica puesta que en 1998 y un gran trío protagónico.
A excepción del nombre del teatro donde sube a escena, nada ha cambiado en la puesta, la escenografía, el vestuario y, afortunadamente, el concepto y el resultado de aquella La Bella y la Bestia estrenada en el Opera (hoy City) en noviembre de 1998. La Bella... es una comedia musical con todos los condimentos para atrapar a los espectadores más pequeños y un despliegue tal que también atrae a los adultos adictos al género.
Salto al teatro de la película de Disney de 1991, con pocas canciones adicionales, La Bella y la Bestia es, sin margen de duda, el mejor musical realizado por Disney luego del majestuoso e insuperable El Rey León. Cuando se estrenó en el Opera, Buenos Aires no era aún una plaza de musicales, y menos de la espectacularidad de éste y los que vendrían. De hecho, mucha de la sorpresa y fascinación que despertaba aquella puesta se debió en buena parte a la virginidad de los ojos locales. Los cambios y movimientos escenográficos delante del público y el impresionante vestuario siguen funcionando a la perfección casi una docena de años después.
Y lo más importante: para los chicos la puesta de La Bella... es muy atractiva. Basta con ver la atención con la que sus rostros siguen las acciones de Bella, la joven que está harta de la vida provinciana, suelta su imaginación con la literatura y decide ocupar el lugar de su anciano padre en el calabozo del castillo del príncipe a quien una hechicera convirtió en la Bestia cuando le negó refugio. Si no consigue el amor de una mujer, él y todos los habitantes del castillo que se convirtieron en candelabro, reloj de pared, tetera, tacita, etc., seguirán como tales cuando la rosa que la Bestia guarda en la habitación del ala Oeste pierda su último pétalo.
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