Susana Torres Molina: Esa extraña forma de pasión

Memoria para una conciencia activa
Los años ’70 y los riesgos de la militancia política marcan el pulso de la inquietante pieza que la dramaturga y directora acaba de montar en El Camarín de las Musas.
Difícilmente encasillable, la obra de Susana Torres Molina ha ido cambiando de temas y estéticas a lo largo de los años. Dos ejemplos de obras suyas de los ’80, dirigidas por ella misma, son Espiral de fuego (con el inolvidable Danilo Devizia, sobre el mundo masculino) y Amantísima, acerca del vínculo entre madres e hijas, obra enrolada en la corriente del teatro de imagen que comenzaba a imponerse en el momento de su estreno. No sin razón, la misma autora afirma hoy que “quien las haya visto no las olvidará nunca”. En los últimos años dio a conocer piezas como Ella y Derrame, ambas construidas en torno de conflictos de pareja, y Manifiesto vs. manifiesto, obra que busca ahondar la relación entre arte y cuerpo. Ahora, los años ’70, con los riesgos que supuso por entonces la militancia política, es el tema central de la obra que acaba de subir a escena en El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960), bajo su propia dirección. Armada a partir de una estructura fragmentaria, Esa extraña forma de pasión muestra diversas situaciones que se entremezclan para referirse, en forma velada, a la vida en los campos de detención, la relación entre represores y detenidos, los hijos de los desaparecidos y los sobrevivientes, sospechados de traición. La puesta, según su directora, “guarda similitudes con el montaje audiovisual”. No en vano el cine es una de las cuentas pendientes de Torres Molina, sobre la base de experiencias suyas en ese campo que fueron exitosas, pero nunca reeditadas.
Para Torres Molina, el objetivo final que tuvo en cuenta a la hora del montaje de Esa extraña... fue “presentar escénicamente una serie de estímulos, asociaciones, multiplicaciones de sentido, deslizamientos, que establezcan un recorte de este singular trauma, que aun hoy convive con nosotros de múltiples modos”. En una entrevista con Página/12, la dramaturga y directora cuenta cómo surgió la necesidad de escribir sobre los años ’70: “Siempre parto de cuestiones humanas que no logro aprehender por lo extrañas que me resultan, por quedar fuera de mi comprensión. Luego de generarse en mí ideas e imágenes, busco información y me pongo a investigar”, detalla. Después de leer un artículo periodístico sobre la relación entre represores y detenidas, comenzó a abordar la obra de diversos autores que escribieron sobre los años de militancia, como Miguel Bonasso, Marcelo Larraquy, Pilar Calveiro y Ana Longoni.
–¿Cuál fue su punto de arranque?
–Leí en un diario de Bahía Blanca una nota que hacía referencia a otros tiempos, cuando los represores salían a bailar en Año Nuevo con las mujeres que estaban prisioneras. Así surgió Sunset. Luego escribí Los tilos y Loyola. Primero pensé en hacer con ellos una trilogía; luego me pareció mejor entrelazar los textos y hacer un recorte en función de la perspectiva que quería compartir con el espectador.
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