Las mil y una noches

Irregular obra de Cibrián Campoy
Se destaca el contrapunto actoral entre Claudia Lapacó y Georgina Frere
Las mil y una noches que vuelve a traer a escena la dupla creativa de Pepe Cibrián Campoy y Angel Mahler -luego del estreno de 2001 y la reposición de 2004- pone el ojo en el triángulo amoroso (por decirlo de alguna manera) formado por el sultán Solimán, la esclava Elena y la sultana Feyza. En realidad, es ella quien se opone fieramente al sentimiento que ve nacer entre su adorado hijo y la esclava que salva su vida a fuerza de contarle cuentos hipnotizantes y bellos a este hombre poderoso que parece no tener espacio para la ternura.
Por ahí corre la tensión dramática de esta propuesta, que es más dramática que tensa, salvo cuando quienes ganan el escenario son las dos protagonistas femeninas. Es valioso el trabajo de Claudia Lapacó, que tiene a su cargo el rol de Feyza, quien descubre valiosos matices en su fiero personaje. Lapacó canta, baila y se mueve con una gracia y una soltura envidiables. Lo mismo sucede con Georgina Frere, que le da vida con convicción a su joven esclava. La cosa cambia cuando quien aparece es el sultán Solimán, de Juan Rodó, que no puede salir de la dureza ni de la rudeza de su personaje. Así permanece durante toda la obra y no hay momento romántico o erótico que pueda aflojar la coraza que, seguramente, le marcaron desde la dirección. Sin duda, tiene una gran voz -lo mismo que sus compañeras de escena-, pero si bien se trata de una comedia musical, esto no alcanza para encarnar y hacer creíble un personaje.
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