Karina K


Karina K: una luz en el camino

Una luz en el camino Su encuentro con su "maestro de la vida", Dasaiku Ikeda, fue clave en su formación.

Actuar. Vivir de la profesión que se ama. Sentir el reconocimiento del público. Alcanzar eso que se dice que es la fama. Cuenta Karina K que cuando aún firmaba con su apellido, esos sueños acompañaban sus días de clases de danza, de teatro. Tiempos en los que, desde la pantalla, Liza Minnelli alentaba su deseo de ser Sarah Bowles. "Vi Cabaret en el cine. Después, en teatro. Y sumé a mi lista de sueños el deseo de hacer ese rol", recuerda.

A sus fantásticas y monotemáticas sobremesas en familia con el arte como tema casi excluyente, la chica le sumó su fascinación por esa usina de arte en ebullición que era el under porteño. "Eran tiempos en los que curioseaba con fascinación a las Gambas al ajillo, el Club del Clown, a Batato. El Parakultural era el paradigma de la autogestión, el espacio para apostar a los impulsos creativos que uno tiene y quiere realizar", define. Sin embargo, su debut la plantó sobre un escenario alejado de las precariedades de aquel faro estético, y al lado de Susana Giménez y Ricardo Darín, en Sugar: "Para mí fue la entrada al mundo de los musicales".

La estadía duró poco. Un amor la subió a un avión hacia Barcelona, y fue empezar de cero. "No conocía el catalán, de modo que no tenía acceso a teatros oficiales. Pero la consecuencia de ese impedimento fue sumarme a la escena del café concert, o neo cabaret, como le llamaban ellos", explica. Un terreno casi virgen, que tras la recesión cultural de los tiempos del franquismo cobraba un enorme impulso.

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