Javier Daulte

Javier Daulte: entre la intuición y el capricho
Autor y director, afirma que el pecado mayor que se puede cometer en el teatro es aburrir.
Cuando alguien cuenta su historia pareciera que no tardan en aparecer las circunstancias por las cuales se convirtió en novelista, narrador o pintor. Pero en mi caso, no hay nada que indicase que me iba dedicar al teatro. Había un aprecio por la cultura y el arte en mi familia, pero ningún tipo de práctica. En ese sentido, creo que nací de gajo.
Recuerdo muy bien el momento en que apareció algo vinculado al enamoramiento. Quedé prendado cuando mi madre me llevó a ver Despertar de primavera, dirigida por Alezzo. Tenía 13 años. Lo que me impactó fue el rito de estar dentro de un teatro. Un año después iba solo a ver todas las obras que podía. Era un freak que disfrutaba con lo que más me gustaba.
Quería ser actor. Estudié muchos años de adolescente en el Payró, después con Carlos Rivas y Carlos Gandolfo. El vio cosas que escribía en ese momento. A los 15 años escribí una obra corta, Dos mujeres. Todavía hoy, cada dos semanas, recibo el pedido de algún elenco para montarla.
Fui espectador del primer Teatro Abierto. Vi todo. Era una fiesta como nunca he vuelto a vivir. En ese momento, me sorprendieron obras que luego fueron las más olvidables porque eran coyunturales. Entraba un personaje con un par de botas gigantes y uno se emocionaba y aplaudía sólo por ese gesto.
Luego de una función de "¿Estás ahí?"en el Cervantes, Julio Baccaro me llamó para hablar en su despacho. Creí que me iba a felicitar, pero me dijo "sos un pelotudo. Tendrías que haber hecho esta obra en la calle Corrientes". Cuando ensayaba pensé que no resistía la tercera fila.
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