María Isabel Bosch: Contando a mi abuelo Juan Bosch


“Es un capricho de nieta”

La actriz dominicana creó el espectáculo basándose en tres relatos de su abuelo, cuya literatura no es demasiado conocida en la Argentina. “No tuve un trato cotidiano con él, pero pasé un año entero leyendo su obra”, asegura.

Tres cuentos de ambiente rural, obra del dominicano Juan Bosch, conforman la base de la trama de Contando a mi abuelo Juan Bosch, espectáculo que presenta la actriz dominicana María Isabel Bosch, nieta del autor, los domingos a la tarde, en Silencio de Negras (Luis Sáenz Peña 663). En la obra de pequeño formato y delicada estructura, una multitud de personajes se abre paso en un sinuoso relato que integra también danzas y cantos. A modo de homenaje –se cumplen cien años del nacimiento de esta figura de la cultura dominicana (ver recuadro)–, la actriz interrelaciona los textos “Dos pesos de agua”, “Los amos” y “El algarrobo” para referirse “a la lucha constante del hombre contra el hombre, contra su entorno y, finalmente, de su sometimiento inevitable a los designios de la naturaleza”, según afirma ante Página/12.

María Isabel Bosch es actriz desde los 9 años, no obstante lo cual recibió una formación académica. Pero luego de estrenar decenas de obras de corte comercial, decidió dedicarse a un estilo de teatro popular que en su país se presenta en los barrios, “un teatro del cuerpo y la emoción que se hace en la calle, la iglesia o la escuela”, según resume. Hace trece años que la intérprete reside en Buenos Aires. Llegada junto a su familia (su padre venía como embajador de República Dominicana en el país), Bosch conformó, junto a Diego Schiavini (en la obra, responsable de la iluminación), el grupo Tibai Teatro, con el objeto de desarrollar un lenguaje propio. Para aprovechar sus cualidades vocales y su plasticidad gestual, Bosch estrenó un primer unipersonal, Las viajeras, centrado en el tema de la explotación sexual de las dominicanas en la Argentina, una realidad que ella, desde la embajada, conocía de primera mano: “Muchas compatriotas llegaban llorando, porque las habían despojado de sus documentos, de su dinerito, de su dignidad”, cuenta la actriz y se explaya: “Al menos en un 30 por ciento, no sabían qué clase de trabajo conseguirían. Hoy esas mujeres forman parte del paisaje de Buenos Aires: a fines de los ’90, el 80 por ciento de la prostitución extranjera era dominicana”. Con Las viajeras, la actriz realizó 200 representaciones y recorrió un circuito singular: primero se presentó en las ciudades dominicanas con mayor éxodo de mujeres hacia centros de prostitución, para luego presentarse en las ciudades europeas que fueron las principales receptoras de esa inmigración, como Madrid, Roma o Amsterdam. “En Zurich, la mayor parte del público que fue a verme eran prostitutas dominicanas”, cuenta Boch. “La función fue como una catarsis colectiva.”

–¿Cuáles son las particularidades del teatro que eligió hacer en su país?

–Me identifiqué con las técnicas del teatro popular. Ahí lo más importante es la acción que haces. Las obras son vistas por un público que no es de sala, que puede contestarle al actor, así que hay que estar preparado para todo.

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