Alicia Zanca: La cocina
“Es un mundo coral, donde hay dos fuerzas que se oponen”
En la obra de Arnold Wesker que acaba de estrenar en el teatro Regio, la directora y actriz identifica dos grupos antagónicos: los empleados y el dueño de un restaurante. El tema es la presión que sufren las clases trabajadoras y la violencia que resulta de ella.
Nacido en Londres, hijo de un sastre de origen judío-ruso, y de madre judía-húngara, Arnold Wesker escribió La cocina en 1957, cuando tenía 25 años y trabajaba en un gran hotel. Algo más de 30 años después de que Jorge Hacker hiciera la primera puesta de esta obra, Alicia Zanca estrenó su versión en el teatro Regio (Córdoba 6056), sala perteneciente al Complejo Teatral de Buenos Aires. La pieza realiza un paneo crítico sobre las relaciones sociales haciendo foco en la cocina de un restaurante, donde trabajan personas de diferentes nacionalidades en condiciones poco humanitarias. La acción comienza a las 7 de la mañana cuando los empleados llegan a su puesto de trabajo y entre cocineros, camareras y ayudantes se va generando un entramado de amores cruzados, celos y chismes. La temperatura emocional de la cocina va elevándose a medida que surgen los roces del personal con el dueño del establecimiento. El cansancio físico y los entredichos que circulan entre los empleados van creando las condiciones para que se produzca lo inevitable. La situación de violencia que finalmente involucra a todos es generada por el único personaje que no puede amoldarse a un espacio como ése, donde la hipocresía y la maledicencia son prácticas habituales.
Uno de los rasgos más personales del texto de Wesker es el movimiento coral que pide el autor para dar cuenta del trabajo extenuante que día a día se cumple en esa cocina. Zanca convocó a Graciela Galán para generar el espacio escénico y a Carlos Casella y Gabriela Barberio para crear una coreografía alusiva a las idas y venidas de camareras y asistentes. El diseño acrobático pertenece a Hernán Peña, la música a Martín Bianchedi y la iluminación a Gonzalo Córdova. Por otra parte, para volver creíble el movimiento de los cocineros entre ollas y sartenes, parte del elenco asistió a las clases de una escuela de cocina (ver recuadro).
La directora considera que la vigencia de la obra radica en ciertos subrayados del autor que pueden aplicarse al conjunto de la sociedad: lo que importa en esa cocina es la cantidad por sobre la calidad de los alimentos preparados y la explotación es el modelo de relación que entabla el empleador para obtener “lo mejor” del empleado. El elenco cuenta con 19 actores, presentes en escena todo el tiempo, cada uno dueño de un rol que le pauta ciertas acciones corporales: están los pasteleros, los que hierven, los que fríen, los que se ocupan de cortar verduras o limpiar pescado. “Se trata de un mundo ‘coral’, donde hay dos fuerzas que se oponen”, resume la directora en la entrevista con Página/12. “Allí, cada historia muestra recortes de cotidianidad, pero son sólo pedacitos de vida, sin demasiada profundidad, porque parecen ser consumidos por esa cocina”, analiza Zanca.
–¿En qué radica la vigencia de esta obra de Wesker?
–Es un texto valioso, precisamente por su actualidad. Wesker habla de la presión que sufren las clases trabajadoras y por lo tanto se hace eco del enojo de los explotados hacia aquellos que ejercen su explotación. Su experiencia trabajando en una cocina le permite poner en imagen esta visión del mundo. Wesker cuenta aspectos de nuestro mundo actual donde importa más la cantidad que la calidad del producto.
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