Mi nombre es Rachel Corrie
Ponerle el cuerpo a la batalla
Una atractiva y arriesgada propuesta sobre el conflicto palestino-israelí
A los 23 años, Rachel Corrie viajó desde los Estados Unidos hasta la Franja de Gaza, con el objetivo de apoyar a sus ciudadanos de los ataques israelíes. Pertenecía al Internacional Solidarity Movement, un grupo que tiene como principal finalidad evitar la destrucción de hogares e infraestructura civil en el territorio palestino. La joven demostró a lo largo de su corta vida tener pretensiones literarias y poéticas; dejó gran cantidad de escritos acerca de sus sueños cuando era una joven pueblerina norteamericana, así como también cuando, en su rol de humanista, se encontró viviendo entre bombardeos, muertes y destrucciones. Con todo ese material, Rickman y Viner construyeron un monólogo que fue estrenado primero en Londres, que de allí viajó a Nueva York (no sin problemas ni impedimentos de grupos extremistas proisraelíes) y luego al mundo entero.
Luces y sombras
En lo que hace a la versión local, tal vez lo que habría que destacar es la honestidad de los artistas que se pusieron este texto y esta causa al hombro, y demuestran, por ello mismo, una gran pasión en su tarea. La vinculación del hecho estético con una causa política tan delicada, compleja e inasible hizo que Agustín Martínez, a cargo de la dirección, hubiera tomado un excelente camino para el montaje, aunque luego volvió sobre sus pasos al darle una carga tan emocional a la interpretación.
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