El joven Frankenstein

El joven Frankenstein
Si bien toda la producción de El joven Frankenstein -desde la marquesina en adelante- se apoya en el nombre y el trabajo de Guillermo Francella, se puede afirmar sin temor a dudas que la comedia musical de Mel Brooks que anoche se estrenó en Buenos Aires es mucho más que este gran comediante, lo que habla bien no sólo de él sino del resto de la compañía. Desde el principio se nota que el espectador se adentra en un universo grandilocuente, con una realización escenográfica impactante (tanto que hasta cabe preguntarse dónde almacenan semejante cantidad de paneles y enormes estructuras que definen el pueblo de Transilvania, la universidad, el puerto, el castillo, el laboratorio y demás).
Esa imponente escenografía de Alberto Negrín es la que abraza en cada cuadro a un elenco ajustado, que se ensambla generosamente en procura de contar una historia brillante, entretenida, que va creciendo en interés a medida que pasan los números y las canciones (el timing del segundo acto es impecable). En conjunto ?los protagonistas y un más que prolijo ensamble? logran un equilibrio preciso entre números musicales bien pensados y situaciones humorísticas que se apoyan en diálogos hilarantes, muchos gags y una gran presencia escénica de cada una de las primeras figuras. En este sentido, Francella se lleva las de ganar, y no sólo porque a su personaje le sume su propia impronta (que es precisamente lo que la gente busca). Logra convertir a este joven Frankenstein ?que al comienzo se resiste a emparentarse con su siniestro abuelo? en un personaje con doble faz con el que se divierte mucho. Francella se mueve cómodo en la comedia musical y se acopla sumamente bien a los requerimientos de un género que lo obliga a enfrentarse con destrezas nuevas para él, como cantar y bailar. Y lo hace suficientemente bien, no hace falta más. Para eso está rodeado de gente especialista en el género que lo suma y le da su espacio. ¿Podrían haber puesto en su lugar a una gran cantante, a un gran bailarín? Es probable, pero ya no sería Francella, con todo el plus que eso significa para la comedia en sí misma, y para la gente que lo sigue.
Y todo lo demás
Otro gran protagonista es Igor, descabelladamente compuesto por Pablo Sultani, actor que pareciera poder mimetizarse en cuanto papel le ponen por delante. Es tan atrayente el trabajo que hace con su criatura que, por momentos, se roba toda la atención. Le siguen la siempre eficaz Laura Oliva, que compone a la rígida Frau Blücher y tiene el talento suficiente como para ponerse sobre la espalda un número ella sola.
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