El joven Frankenstein

Mi bello monstruo

"El joven Frankenstein", que el propio Mel Brooks llevó del cine al escenario, es mejor comedia que musical.

El joven Frankenstein fue, hace 35 años, si no el mayor éxito, una de las mejores comedias de Mel Brooks, que la escribió con su compinche y protagonista Gene Wilder. Y a diferencia de lo que hizo con Los productores, que en cine fue un fracaso en 1968, pero hizo historia cuando la aggiornó en el musical en Broadway, con El joven Frankenstein en vez de adaptarla, la trasladó. Copió cada chiste, cada ironía, y cuando olfateó que el delirio era más fácil de entender en pantalla que en escena, "transó": el doctor Frankenstein se iba ¡en tren! de Nueva York a Transilvania, y ahora lo hace en barco.

Todo viene a cuento de la obra que subió al Astral, que es más (o luce mejor como) una comedia que un musical. Los motivos pueden explicarse aquí en que Guillermo Francella es más y mejor comediante que bailarín o cantante, y que el doctor Frankenstein le exige una composición menos atípica que la que había tenido en Los productores, donde la revelación era él. Los fans que vayan a verlo ahora encontrarán al Francella de siempre, no se sorprenderán como en aquel musical, en el que era Leo Bloom, al lado de Enrique Pinti.

La trama es casi lo de menos: el doctor Frankenstein (que para diferenciarse de sus locos antepasados quiere que lo pronuncien Fronkenstin), devoto de las ciencias, viaja a Transilvania porque hereda el castillo de su abuelo recién fallecido. Deja a su amada (Rosana Laudani) y es recibido por Igor (Pablo Sultani, en el papel que hacía Marty Feldman y que, como aquí no tiene una canción que entonar, tenía más preponderancia en el original), quien será su asistente, igual que Inga (Carolina Pampillo). El ama de llaves Frau Blücher (Laura Oliva), cuya sola pronunciación asusta a los caballos, tendrá la llave al laboratorio donde, sí, el doctor intentará resucitar a los muertos, y así nacerá el Monstruo.

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