Souvenir

Karina K, en una obra hecha como para ella
Al escuchar una grabación original de Florence Foster Jenkins resulta difícil imaginar que con esa horrible voz haya podido llenar el Carnegie Hall, de Nueva York. Pero lo logró. Ella misma dijo: "La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá decir nunca que no canté". Millonaria y excéntrica, siempre creyó que era una de las mejores cantantes del mundo, pero no sólo era incapaz de sostener una nota, sino que, decididamente, carecía de oído musical.
El actor y dramaturgo estadounidense Stephen Temperley imaginó momentos en la vida de la "peor cantante del mundo" desde que convoca al pianista Cosme McMoon para que la acompañe. Esta pequeña historia, con argumento sencillo está hábilmente planteada sobre los andariveles que ofrece la personalidad de la Florence real. "Cantar es como soñar en público", dice Cosme en la obra, en referencia a su soprano, frase que resume el concepto de la obra. Florence vive la fantasía de ser una cantante de ópera y se cree ese sueño; está absolutamente convencida de que tiene una voz prodigiosa. ¿Qué la impulsaba? La autosuficiencia, la fuerza de voluntad y una autoestima envidiable. En Cosme encuentra a otro aventurero, otro secuaz, otro compañero con el talento suficiente como para hacer malabares cuando ella destroza a Mozart o a Verdi con su voz.
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