Los Impunes
Aquellos impunes de los años más oscuros
Esta reposición "gritada" es algo redundante
Cuando Lorenzo Quinteros decidió en 1997 estrenar Los Impunes , de Ariel Barchilón, se convirtió en un hecho político. Porque como gran parte del teatro porteño de entonces, los creadores pugnaban por una "política de la memoria" que se enfrentara a leyes e indultos en vigencia, que dejaban en soledad a las víctimas de la última dictadura militar. La institución artística fue un factor clave para el trabajo y la recuperación de la memoria.
En Los impunes se muestra a un hoy médico (¡pediatra!) que supo participar de grupos comando de la dictadura y que cierto día recibió la orden de torturar y eliminar ("festejar el cumpleaños", era la perversa contraseña) a un escritor. Sin embargo, por coincidir con el día de su propio cumpleaños le pidió a un compañero que se encargara de la misión. Años después, aquel amigo y compañero, atraviesa una crisis a través de la que aquel escritor habría invadido su cuerpo sometiéndolo a jornadas de escritura y de denuncia. En determinado momento, allí comienza el conflicto del texto, decide cortarse la mano derecha con un hacha. Esto hace que "los militares" lo lleven al mismo lugar en el que torturaban en los setenta (un sótano denominado La caldera) y le lleven a aquel compañero alejado hoy del ejército para realizar la curación, que no es precisamente de tipo científica.
Más en La Nación
En La Tertulia, Gallo 826. Domingos, a las 20.
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