La sombra de Federico


Los últimos días de García Lorca

Bienvenida sea (y necesaria) toda evocación de Federico García Lorca y su asesinato por los franquistas, a comienzos de la Guerra Civil de España, en 1936. Para dilucidar los motivos de ese crimen, con el tiempo se han acumulado múltiples conjeturas, en biografías (la ejemplar, acaso definitiva, escrita por el inglés Ian Gibson), en teatro, en series de televisión, en notas periodísticas. Hasta hoy siguen las polémicas: la más reciente, meses atrás, fue entablada por dos facciones distintas de su familia, una a favor y otra en contra de la exhumación de sus restos, aparentemente sepultados en el barranco de Viznar, en los alrededores de Granada.

Es, pues, loable la intención de los autores de este espectáculo, deseosos de rescatar la memoria del poeta granadino y, sobre todo, de discernir a los responsables de su fusilamiento. Difícil tarea, que impone la elección de un punto de vista, en lo posible distinto de los ya aplicados reiteradamente. Lo encontraron: hacia la mitad de La sombra de Federico , inesperadamente el eje de la acción se traslada del protagonista a un personaje que, según los datos corrientes, fue tan sólo secundario en la tragedia. Es la madre de los numerosos hermanos Rosales, intelectuales granadinos, partidarios de Franco y viejos amigos de Federico, que le ofrecieron asilo en su casa cuando ya sentía en la nuca el frío de la persecución fascista. Qué pasó realmente allí, no está claro y, probablemente, no se aclarará jamás: si hubo delación, o un intento generoso que por alguna razón se tergiversó, o imprudencia, o miedo. Lo concreto es que de esa casa salió Federico rumbo a la muerte.

Sea como fuere, los autores de la obra asignan a doña Esperanza Rosales un papel preponderante, no tanto en el empeño de defender a toda costa al amigo en peligro, sino, más bien, en una condición simbólica, que termina por hacer de ella una especie de Hécuba sobre las ruinas de Troya.

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