Juan Carlos Gené
A la comunidad artística
Por Juan Carlos Gené
Resulta demasiado personal, lo sé, pero confieso estar consternado. Deben estarlo, supongo, los que como yo seguimos con serena atención el proceso político, social, económico y cultural que se desarrolla en estos años en Venezuela.
Es sabido que viví mi exilio en Venezuela entre 1977 y 1983 y que, retornada la democracia en mi país, permanecí aún diez años en Caracas. Había construido allá una vida, asentada sobre la institución que, apenas pisé territorio venezolano, me ofreció un espacio de creación y enseñanza teatral: el Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral, Celcit, que sigue siendo, ahora en Buenos Aires, como antes allá, el eje de todo mi trabajo teatral. No creo que haga falta, en la comunidad de los teatristas iberoamericanos, explicación alguna sobre qué es y qué hace la institución que en la Argentina me toca presidir y que naciera en Venezuela en 1975. Pero fue por mi participación en ella que, junto a Luis Molina López, su fundador y director general a nivel internacional, recibí del Estado venezolano la Orden Andrés Bello en reconocimiento a los servicios por nosotros prestados, desde el Celcit, a la cultura venezolana.
Para entonces la institución ya había multiplicado su presencia activa por toda la región habiendo alcanzado a toda Iberoamérica incluyendo España. Pero es imprescindible recordar que el Celcit fue creado por el Ateneo de Caracas y durante años formó parte de su estructura, y ha mantenido hasta la fecha una relación constante con la institución madre; y que toda iniciativa creativa artística, educacional y cultural en todas sus acepciones, surgida en Venezuela, tuvo cobijo, apoyo y estímulo en el Ateneo de Caracas. Sería inagotable la lista de cuántos artistas e intelectuales expulsados de sus países por la pandemia de dictaduras en nuestro continente tuvieron refugio y espacio profesional en el Ateneo de Caracas.
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