El beso de la mujer araña


Identidad, dominación y dependencia

Rubén Szuchmacher dirige la versión teatral del encuentro entre el guerrillero Valentín y “la loca” Molina, que sigue ayudando a disolver estereotipos sobre figuras míticas, más allá de un momento histórico determinado.

Ahora tengo que aguantar que me digas lo que me dicen
todos: que de chico me mimaron demasiado y que por eso
soy así, que me quedé pegado a la polleras de mi mamá...
(Molina, en El beso de la mujer araña, de Manuel Puig).

Molina (Humberto Tortonese) se sacó de encima el nombre de pila de varón, y se hace llamar a secas: Molina. El estreno de la obra que dirige Rubén Szuchmacher, 33 años después de la primera edición de la novela de Puig, reformula preguntas que, con su vigencia, garantizan el estatuto del clásico: cómo se encaja o se resiste al rol adquirido en el sistema de la dominación. Puede hacerse el ejercicio y se verá: hay que aplicarle a la obra la reflexión de la llamada madre de los “estudios queer” (Judith Butler, autora de Cuerpos que importan, invitada reciente a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires) y verla dialogar con las intervenciones de Tortonese y Martín Urbaneja, producida artísticamente por José Miguel Onaindia: se sigue desnaturalizando el modo en que se afirma una identidad ante el mundo.

Teoría de la dominación

En una celda sin nombre para presos sin número, espacio–tiempo no precisado por referencias puntuales a un marco específico, conviven un guerrillero de no se sabe qué organización y un “abusador” de no se sabe quién o qué cosa. “Molina es un pobre tipo, es una loca, un homosexual que no entró a la cárcel por corrupción de menores, sino que, pienso, entró porque se acostó con uno que en lugar de 18 tenía 17 y la madre lo denunció”, declaraba Tortonese a pocos días del debut.

Identidad escindida entre un deber y un querer ser, estigmatización ejercida por una mayoría “discursiva”, mandatos autoimpuestos que contradicen el deseo: la inteligente apuesta de la dirección es recargar las coincidencias entre dos “sufrientes”. Ahí es donde el encuentro “con el otro” cobra actualidad: el énfasis en lo abstracto ayuda a que se conforme un “tratado general sobre la identidad del sometido (a un hombre o un mandato)”, desligado del aquí y ahora de los personajes o el público.

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