Ariel Farace y Luciana Mastromauro: Luisa se estrella contra su casa


La pérdida y el duelo

El director Ariel Farace atribuye a su personaje el diálogo con un muerto y con un polvo limpiador. “El desamparo te hace fuerte”, dice.

Una mujer repite frases que escucha en la radio, las comenta, las completa; va al supermercado, cocina, habla con su marido muerto. Su vida se limita a estas acciones y, sin embargo, no parece triste. Al contrario, transmite ternura y energía en un mundo de góndolas, pollos y diálogos con su amado y con un polvo limpiador devenido en raro acompañante de cara siempre cubierta. Esta anécdota encierra Luisa se estrella contra su casa, pequeña y cautivante creación de la compañía Vilma Diamante, formada por los actores Matías Vértiz, Juan Manuel Wolcoff y Luciana Mastromauro, el músico Guido Ronconi, y el director y dramaturgo Ariel Farace. El germen del proyecto nació en el pasado Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA), donde se pudieron ver quince minutos en calidad de work in progress. Finalmente y tras los preestrenos en la Casa de la Cultura porteña y en un teatro de Chascomús, el espectáculo acaba de desembarcar los sábados a las 21 en el Teatro del Abasto (Humahuaca 3759), donde cada semana llena la sala y sigue acumulando elogios de un público variado. Nenes fascinados en Chascomús; una señora que se acercó para decirles: “Yo soy Luisa. ¡No lo puedo creer!”, al terminar la función en el subsuelo del edificio histórico de Avenida de Mayo; y ahora, en pleno Abasto, una mezcla de espectadores acostumbrados a experimentos escénicos y otros sin tanta cancha.

Durante una hora, el público entra en la cabeza de la protagonista y lo que ve en escena es su mundo interno. Su marido muerto, el Odex (suerte de compañía con una careta rectangular cual producto de limpieza), un vecino que no se desprende de su guitarra y de una melancólica melodía (acaso el único personaje del mundo real), un pollo vivo. Todo en un ambiente entre cotidiano y extrañado que desconcierta, sostenido por una protagonista contundente y vital. Es que Luisa se ciñe a su universo con uñas y dientes, acaso como único medio de contrarrestar el dolor y la pérdida. Su mirada y su voz son firmes, de a ratos sus ojos se extravían, pero ella no pierde el entusiasmo. Casi un derroche de empuje y autoconvencimiento en un micromundo de soledad. La escenografía es en apariencia simple y con aires de cuento infantil: un gran árbol de cartón y una imponente silueta de una casa también construida con cajas marrones engarzadas, que se desarticulan y se convierten en pasillos de un súper, paredes o interiores.

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