Paisaje después de la batalla


El General en su oscuro laberinto

La dramaturgia de Ariel Barchilón encuentra en Mónica Viñao la dirección precisa. Daniel Fanego resulta un General Cáceres convincente.

Se avecina una tormenta y el General Cáceres, más que revertir su historia, parece empecinado sólo en borrar los presagios del final. Se lo percibe revestido de poder por alusiones temerarias desde antes de su entrada a escena. Lo mentan, lo presienten. En tanto Ochoa, su enemigo, le muerde los talones, el alucinado quiere corregir los cuadros de Blanes, su pintor de cabecera, porque esta vez no lo muestran victorioso.

Cáceres, que alude al General Urquiza, pero también a cualquiera de los comandantes de campaña en tiempos de las guerras civiles feroces, desalmadas, argentinas, no quiere ver los indicios de muerte que lo acosan por todos lados. En retirada, se florea sobre sus propios límites, ensucia la cancha, atraviesa las vísperas sin aflojar las riendas de su desprecio parejo hacia el mundo. Le da cuerda a la tragedia.

La puesta de Mónica Viñao, a la hora de enfrentarse a la potencia y belleza de la dramaturgia de Ariel Barchilón, elige la sobriedad formal y acierta en su escenografía donde sucede el cuarto final de Cáceres, rodeado de una llanura de pólvora: un tablado sobre el que reverberan dibujos, escenas de caballos y jinetes en pie de guerra. Viñao avanzó sobre las tensiones que surgen de cada enfrentamiento de Cáceres: con los hijos guachos, con la esposa, con el artista que no puede hacer otra cosa que pintar su derrota, con el sobrino que llega para pedir un acuerdo que el General, jugado, ni siquiera toma en cuenta.

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