La Flaca Escopeta, Mi bello dragón, y Blancacienta

Versiones y parodias: la libertad de denunciar lo falso
No es tarea sencilla llevar a escena una historia ya conocida por los niños, pero hay algunos secretos para acercarla a la verdad
Cuando se aborda un texto originalmente creado para los adultos con la intención de volcarlo al público infantil, la gran dificultad consiste en encontrar la manera de ser honestos con el original y con el destinatario y, a la vez, evitar para los niños las partes oscuras o dolorosas.
Los cuentos de hadas siguen siendo los favoritos en el teatro para chicos. Estas princesas con problemas (resueltos con alguna colaboración mágica), estos príncipes apuestos y valientes que enamoran a las bellas y solitarias o rescatan a los débiles, y estos malos finalmente castigados, estos héroes que salen a salvar a los inocentes, este triunfo de la justicia sobre el mal, siempre convocan emociones gratificantes, abren un espacio de esperanzada fantasía cuando se juega a creer que se puede recibir ayuda milagrosa, disponer de algo o de alguien que rompa, en favor de los buenos, las reglas de la secuencia lógica de la tragedia. En general, tienen una estructura perfecta, y, si se elimina algo, se corre el riesgo de romper el equilibrio del relato.
La edad del espectador es un factor importante. A los niños pequeños, por ejemplo, les importa la fidelidad al relato: ya se sabe que cuando se lee o cuenta el cuento de las buenas noches, las pausas y los gestos deben repetirse en los mismos lugares, los nombres ser exactos, en fin, la reproducción fiel es una necesidad, es lo que los lleva de la mano por terreno seguro, hacia un final conocido y satisfactorio.
Más en La Nación
Comentarios