El fantasma de la ópera

La frialdad de un montaje impresionante
El fantasma de la ópera se impone con su partitura sublime y su puesta, pero flaquea en la interpretación
Quien haya visto alguna vez El fantasma de la ópera en Broadway o en Londres vivirá seguramente un recuerdo difícil de olvidar. Andrew Lloyd Webber logró su gran obra maestra con esta partitura que, sin dudas, resistirá por siglos como un clásico de una belleza inconmensurable. Su música es tan compleja y exquisita como teatral, sensible y pasional. Lo mismo ocurre con las letras escritas por Hart y Stilgoe, con la parafernalia escénica que ideó Maria Björnson y la exacta puesta en escena de Harold Prince. En su montaje, concebido en la semipenumbra, consigue que el espectador viva como tal lo que ocurre sobre el escenario de la Opera de París, amenazada por el Fantasma asesino; o del otro lado, en la trastienda del mundo artístico, en los camarines, y hasta en los techos o los sótanos de ese palacio teatral. Allí el siniestro personaje inspirará desde las sombras a su amada Christine y sembrará de muerte, paradójicamente, todo el camino que intenta transitar para conseguir el amor.
Es decir, un trabajo original impecable que, a su vez, debe ser observado como un clásico para que no resulte algo anacrónico. Si ese mismo montaje es trasladado a otro ámbito o ciudad que no es la original, se supone que el resultado debería ser el mismo. Si no fuera así, el problema tiene dos orígenes muy claros: la dirección (es decir, la labor de los repositores) y los intérpretes. Y lamentablemente, eso ocurre en la puesta en escena porteña. Aunque por suerte, la difícil adaptación del texto (responsabilidad de Eduardo Galán) sale bien parada, salvo por pequeños detalles.
Desde lo musical, la orquesta que armó Gerardo Gardelín es impecable y reproduce esa belleza sublime que ideó Lloyd Webber con absoluto amor (la hizo para su esposa de aquél entonces, Sarah Brigthman). Pero aunque la base, es decir la obra, sea magnífica, si el repositor no logra hacerla visualizar, ésta simplemente no sucede.
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