El fantasma de la Opera


Las cualidades de un clásico

Todas las prevenciones que pueden suponerse con respecto a una obra importada y recreada con precisión de relojería se desvanecen ante la potencia de la puesta local, que brilla en todos los órdenes, incluyendo un elenco impecable.

El espectáculo que puede verse en estos días en el Opera es un clásico de los musicales. Cuando Andrew Lloyd Webber y Harold Prince celebraron la opening night de El fantasma de la Opera en el londinense Her Majesty’s Theatre, el 9 de octubre de 1986, con Michel Crawford, Sarah Brightman y Steve Burton a la cabeza del elenco, el resultado de su trabajo parecía más bien todo lo contrario: una obra muy distinta de las que se veían por ese entonces, que venía a refrescar el género, con un formato más parecido a la ópera, un retorno al romanticismo propio de los musicales de la edad de oro de Broadway, pero con una temática mucho más oscura y una megaproducción de un efectismo pocas veces visto hasta entonces. El fantasma... se animó a cambiar varias reglas: si los ’70 habían sido los años de la ópera rock –Hair, Jesus Christ Super Star, The Rocky Horror Show–, la obra de Webber proponía retornar al musical orquestado como en una ópera tradicional, sin batería ni instrumentos eléctricos, y con coreografías de ballet en lugar de jazz dance. Seguía la línea inaugurada por Sweeney Todd de Stephen Sondheim –el musical oscuro de altísimo presupuesto propio de los ’80– pero redoblando la apuesta, como luego lo harían Miss Saigon o Jekyll & Hyde. Y proponía un modelo que luego sería un must para las grandes producciones de Broadway: el formato espectacular, con impresionantes efectos técnicos –una araña gigantesca que cae del techo de la sala hacia el escenario, una góndola deslizándose sobre un lago subterráneo–, que los musicales que le siguieron en los ’90, muchos de ellos producidos por grandes corporaciones, se esforzaron por superar, como en una competencia por ver quién hacía posible lo imposible sobre las tablas (en Miss Saigon un helicóptero desciende sobre el escenario).

La famosísima obra de Webber llegó a Buenos Aires bastante tarde, dos décadas después de aquel gran estreno, luego de que se convirtiera en el espectáculo con mayor permanencia en Broadway, lo vieran 127 ciudades del mundo, fuera llevado a la pantalla grande, sus canciones recorrieran el planeta en discos de Sarah Brightman y los nuevos espectadores llegaran al teatro conociendo de antemano los trucos escénicos. Sin embargo, aunque también en Buenos Aires todos estén a la espera de que caiga esa réplica del candelabro de la Opera Garnier que se eleva sobre el público en la primera escena, esto no le quita efectividad a la obra. Porque el ángel de El fantasma... está en otro lugar. Es producto de la combinación de grandes escenografías que cambian como cuadros cinematográficos, impresionantes vestuarios dignos de los más grandes teatros líricos del mundo, una música ultrarromántica con varios momentos cumbres; una pintura única, perfecta para insertar a los personajes de Gaston Leroux.

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