El Fantasma de la Opera
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Musical de corte universal
La puesta local de la obra de Andrew Lloyd Webber no tiene nada que envidiarle a las de Londres o Broadway.
Finalmente, El Fantasma deambula por los sótanos, el escenario y la terraza de la Opera de París, pero en el Opera de Buenos Aires. Exactamente un año después de lo previsto -la obra de Andrew Lloyd Webber iba a estrenarse el 17 de marzo de 2008-, el martes fue la première del musical más esperado, popular y exitoso de la historia del género, el espectáculo obligado en todas las capitales de teatro del mundo, a estas alturas más por razones externas (récords de funciones y de público, y "robos" de efectos de la obra original de 1986 por puestistas de todas las latitudes) que por las intrínsecas. Entiéndase las musicales y de libreto.
La pregunta, a casi 23 años de su debut en el West End londinense, es si El Fantasma de la Opera, ya convertido en clásico, avejentó o no. A diferencia de otras creaciones de Lloyd Webber como Cats, que demostró con el tiempo que más que siete vidas, sus gatos no soportaban más de siete años, porque se deterioraron prematuramente, o la mismísima Evita, donde la pasión al margen de la controversia era el motor de la puesta, en El Fantasma todo está sigilosamente controlado.
El espejo/pasadizo está allí, la trampa del sillón, también, las velas y el efecto del hielo seco recreando el lago subterráneo de la Opera Garnier impactan. Y como la altura del Opera es mayor que la del Majestic, en Broadway, la caída de la araña de 6.000 caireles es más impresionante en Buenos Aires... pero es en las primeras filas donde se "sufre" más el impacto. Lo que le falta a este Fantasma es lo mismo que al de Londres y al de Broadway: auténtica pasión. Carne. Que nos creamos los motivos por los que Christine se debate entre el amor de su misterioso Maestro en la oscuridad y Raoul, su amigo de la infancia. Una pista para que entendamos la locura que desata el Fantasma en la Opera de París.
Algo en qué sostener las más de dos horas de espectáculo, que por momentos deslumbra, sí, pero que al lado de tanta pirotecnia teatral necesita que nuestros latidos se apresuren más, no por la potencia de las voces, sino por lo que cuenten. Y no es porque la labor del traductor y adaptador no haya sido la correcta. El problema ya viene desde el libreto original.
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