El cavernícola

Nota del 8 de marzo

Nueva mirada sobre la eterna guerra de los sexos

Eduardo Morales se convierte en El cavernícola

Entre tantas obras que hablan de los hombres a partir de una mirada femenina -y que llegaron a poblar la cartelera porteña en los últimos años-, El cavernícola trae cierto aire fresco ya que enfrenta de alguna manera el mismo tema -el hombre, la pareja, la mujer-, pero a través de ojos de varón. Y lejos de despotricar contra ellas (nosotras), el personaje que interpreta Eduardo Morales se dedica a defender a su género de un supuesto -y perenne- ataque femenino. Y es en esta defensa que el personaje (en el que el actor se mimetiza, entra y sale todo el tiempo) echa mano a la idea del cavernícola; este hombre primitivo le da letra para explicar, justificar y entender por qué el hombre es como es.

Claramente se basan en un concepto bastante estereotipado de la imagen hombre-mujer, pero tiene suficiente amplitud como para que a lo largo de toda la obra muchos se puedan reconocer en algunas de las ideas que se muestran en escena. Así el hombre aparece como amigazo de sus amigos, un ser de pocas palabras, que apunta a la concentración unívoca o unilateral -supuestamente todo responde a instintos de supervivencia y caza de estos ancestros-. La mujer, en cambio, aparece -a partir de un antiguo rol de recolectora- como verborrágica, organizadora/controladora, amante de las compras y de las demostraciones afectivas. Eso sí, siempre vinculada a los quehaceres domésticos.

Este unipersonal es básicamente un buen entretenimiento que aporta cierta originalidad a un tema sobre el que se ha escrito mucho. Bien podría haber sido concebido como un stand up ya que Eduardo Morales juega a ser él mismo en escena e interpela al público constantemente y el lenguaje es absolutamente coloquial. La pieza no tiene un hilo dramático en el que se desate un conflicto, pero una vez que uno entiende hacia dónde va y cuál es el tipo de divertimento que ofrece, ya no hace falta.

El actor lleva bien su personaje y, salvo por algunas morisquestas, hasta logra su cometido de defender el género al que pertenece.

Fuente: La Nación

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