Alfredo Ramos: Los desórdenes de la carne

“La obra habla de nuestras taras”
El teatrista, que trabajó durante años junto a Ricardo Bartís, define su nuevo espectáculo como un “dramón de amor”, que transita la cuerda del folletín. Se trata de un retrato –no exento de humor– de la alta sociedad porteña en los años ’50.
Actor, director y dramaturgo, Alfredo Ramos revistó en el elenco de dos obras fundamentales para la historia del Sportivo Teatral que fundó Ricardo Bartís: El corte y El pecado que no se puede nombrar, premiado espectáculo sobre textos de Roberto Arlt. Pero Ramos, quien trabajaba con Bartís ya desde 1983, dejó la actuación una vez concluida la experiencia con El pecado... para escribir su propia dramaturgia y abocarse a la dirección. No obstante, recién en 2002 funda un grupo propio, el Teatro Berreta de Cámara. Algunas temporadas después de la exitosa Un amor de Chajarí, Ramos acaba de estrenar Los desórdenes de la carne, en el Teatro del Abasto (Humahuaca 3549). Si en el primero de los casos se trató de un “grotesco rural”, el nuevo trabajo se define como un “dramón de amor”. “Cambié 180 grados –admite Ramos en la entrevista con Página/12–; del ambiente rural pasé a interesarme en retratar una clase acomodada.” No hay una sola historia en Los desórdenes... sino un ciclo de peripecias, que se cruzan unas con otras. Dos hermanos de la alta sociedad porteña deben aceptar que, fallecida su madre, el tío vuelva de Europa para encauzar el rumbo de sus vidas (a la niña hay que casarla y al hermano, cortarle las alas). Pero en la casa se instalan, además, la inefable Mafalda y el rumboso Padre Julio Luis, para reasegurar los vínculos de la familia con la parroquia. La intervención resulta un verdadero desastre y baste decir que en el desarrollo de la cuestión no faltan delirio ni violencia. Una historia como de película o novelón ambientado en los años ’50, en un palacete construido para la ocasión por el escenógrafo Félix Padrón e iluminado por Jorge Pastorino. Decir que los 12 personajes –todos destacables– actúan en la cuerda del folletín puede sonar a trazo grueso pero no es así: “Estos personajes tienen un filo muy complicado de actuación –advierte Ramos–, porque si se sobreactúa mucho se puede caer en el estereotipo del dibujo animado o el teatro infantil”. En un año y medio de trabajo, el director fue armando la obra, escribiendo e improvisando con los actores. Tuvo dos puntos de partida bien disímiles: los tangos de Osvaldo Fresedo y Viridiana de Luis Buñuel. Junto a Eugenio Soto y Karina Frau interpretan Renata Aiello, Sol Alba, María Colloca, Gonzalo Dutria, Gabriel Feldman, Mara Ferrari, Carolina Ferrer, Mariano González, Gabriel Nicola y Fernando Ramos.
–¿Por qué llama a su grupo “teatro berreta”?
–Es porque nosotros como grupo no tenemos obras de repertorio de grandes autores, sino que sólo hacemos las obras que yo escribo. Decimos que son berretas por la forma en que están encarados la temática o los conflictos: puede parecer que se los mire desde un costado superficial, tal vez porque siempre están ligados al humor. Pero los núcleos de conflicto que plantean mis obras son muy pesados. Lo de berreta tiene que ver con un tono menor que buscamos darle a la obra, como si no estuviésemos a la altura del teatro culto. También con formas antiguas de actuación. Los desórdenes... tiene que ver con las películas argentinas de las década del ‘40, las comedias dramáticas de teléfono blanco.
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