Alejandro Viola: Karabalí, ensueño Lecuona

Nota del 2 de marzo
“No nos burlamos del bolero, lo tocamos lo mejor posible”
Karabalí, ensueño Lecuona, el espectáculo que presentan en el Margarita Xirgu, propone un viaje de alto impacto musical y visual. “Hay mucho trabajo, hay mucho ensayo, trabajo de investigación, laburo con las voces”, explica su creador.
Si algún científico diera pruebas ineludibles de la existencia de mundos paralelos, sería, sin dudas, el tema que abarcaría casi la totalidad de la extensión del suplemento Futuro, así como las tapas de varias publicaciones de ese orden y de otros tantos también. El caso es que hay un espectáculo que probaría la veracidad del postulado “existen otras dimensiones”. En la cotidianidad porteña, Alejandro Viola tiene 43 años, vive en San Telmo, es actor, director teatral, licenciado en Comunicación Social y está felizmente casado hace diecisiete años con Silvia. En el altermundo, el Chino Amado tiene vaya uno a saber cuántos años, es ave de paso en hoteles de diversos puertos, cantante estrella de Los Amados y fiel a un harén de groupies cachondas que le regalan no su ropa interior, como a Sandro de América, sino un manojo de suspiros ratoneros. Lo cierto es que los viernes, sábados y domingos en el Teatro Margarita Xirgu, en Chacabuco 875, algo extraño sucede.
Aunque los expertos no hayan podido dar una explicación razonable acerca del fenómeno, sea por el polvo mágico que baña los escenarios o por el repetido escalofrío que produce el imponente telón escarlata, cuando el reloj indica las 21, y durante hora y media, las vidas de Alejandro y el Chino coinciden sobre las tablas en Karabalí, ensueño Lecuona y, por gentileza de quien pone el lomo, el segundo es quien canta. Y no está solo en la empresa. Como buen showman, se trae a la tropa nómada consigo y otras ocho personas de este mundo le rentan el esqueleto a Los Amados: Lisandro Filks al contrabajista y polémico Tito Richard Junquera; Analía Rosenberg a la excelente y pequeña pianista Raquelita Jarsinsky; Oscar Durán al sutil violero guyano Don Cristino Alberó; Hernán Sánchez al trompetista guatemalteco Angel; Fernando Costa al doble de riesgo y percusionista Pochoclo Santamaría, los hermanos David y Rubén Rodríguez a los identiquísimos mellizos cantantes Black y Mambo Méndez; y Daniela Horovitz a la diva y voz invitada Rosa Bernal. Ellos, envueltos en sus clásicos sacos de seda rosa floreados, bigotes caminito de hormigas, lamidas de vaca, rulitos y jopos engominados y zapatos lustrosos. Ellas, con vestidos estrambóticos de cola de sirena y repulgues de mosquitero, flores y moños sobre el pelo y zapatitos de charol rojos.
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