Alicia Aller


Una mujer sin falsos pudores

Sufría de cáncer, tenía 68 años y una nutrida carrera en teatro y TV. Cuando se quedó sin trabajo, condujo un taxi "para poder comer".

Ella siempre decía que desde chica pagaba carísimo la corta distancia que había entre lo que pensaba y lo que decía. Que "no sabía lo que era el filtro". Por eso le causaba cierta gracia que uno de sus últimos trabajos haya sido la venta de unos purificadores de agua, en una cruzada a favor del medio ambiente. Esa sutil paradoja pinta en pocas líneas dos de las características más salientes de Alicia Aller, la actriz que murió ayer a los 68 años, a causa de un cáncer: no disfrazaba las cosas y se "ganaba el mango" con lo que podía.

A tal punto, que el año pasado, con casi medio siglo dedicado a la actuación y con el mote de actriz de prestigio que buena parte de sus colegas le regaló, no tuvo reparos en reconocer públicamente que "si se organizara un Bailando o patinando por un sueño... para gente de la segunda edad yo voy corriendo. Todo lo que sea con dignidad lo hago, aunque quizás eso no sea lo que más me guste. Pero hay momentos en lo que uno no puede elegir".

Esa claridad de conceptos la llevó, luego de la crisis del 2001, a manejar un taxi "para poder comer. No me ofrecían nada para actuar y mi vida seguía" (ver Manejar...). Madre de gemelas y abuela de cuatro nietos, más de una vez peleó por ganar "un lugar en la ficción cuando una pasa los 50... pareciera que si sos grande ya no podés contar una buena historia", le comentó a Clarín la mujer que una vez que volvió a contar otras vidas consiguió "buenos papeles" en la tira La ley del amor (Telefé) y en las obras Acaloradas y Suegras, nueras y cuñadas.

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