Tres para el té


Una taza de té, llena de disparates

Gustavo Monje y Giselle Pessacq, en un juego brillante para que participen los más chiquitos

Bruno, vestido a la usanza de un caballero inglés del siglo pasado, se presenta en el escenario y, mientras consulta unas notas, le pregunta, como casualmente, a la platea, si alguien alguna vez conoció a alguien muy raro. Los chicos se muestran interesados; algunos responden espontáneamente, y él sigue con otras preguntas que tiene para hacer. Es un movimiento muy equilibrado de apertura al público, de reconocer que está ahí, pero conservando el espacio del escenario para sí. Mientras sigue tratando de resolver su problema, preocupado porque es la hora del té, aparece Ani, desde adentro de la taza. El la invita a tomar el té. Se enredan en un diálogo absurdo que deriva hacia una especie de recitado paralelo. Finalmente, ella aparece junto a él, toca el timbre y le trae un regalo.

A partir de allí, los disparates se expanden, pero con mucha seriedad, con un meticuloso cuidado, cosa que divierte al público y, por momentos, provoca completa hilaridad.

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