Santiago Doria: Chúmbale


“Yo intento inculcar amor”

El actor y director recibió una distinción de la Legislatura porteña, mientras ofrece en el Teatro Cervantes una puesta de Chúmbale, una obra que a pesar de haberse escrito en 1971 “no tiene tiempo”, afirma.

Director, actor, autor, titiritero y docente, Santiago Doria recibió hace pocos días en la Legislatura porteña una distinción que lo declara Personalidad Destacada de la Cultura. “Cuando uno es joven cualquier actividad, por pequeña que sea, figura en el currículum; en cambio hoy, ya no sé cómo sintetizarlo”, admite. Su formación artística comenzó en su adolescencia con la actriz Maruja Gil Quesada, pero con la ilusión de ofrecerse como apuntador, a los 14 años recorría todos los bares aledaños a la plaza Congreso y visitaba los sótanos donde ensayaban los grupo de teatro vocacional. Pero fue más adelante, mientras hacía la conscripción en un regimiento de Junín de los Andes, cuando determinó que al volver a Buenos Aires se dedicaría de lleno al teatro. “Si alguno de mis padres se desmayó al recibir la noticia, a mí nunca me lo contaron –bromea–. Quería hacer del teatro un estilo de vida. Pero claro, mi familia hubiese querido lustrar una chapa de abogado. Con el tiempo tuvo que abandonar esa idea y empezar a recortar los diarios, cada vez que salía mi nombre.”

Hace pocas semanas, Doria concretó un proyecto que venía persiguiendo desde hace varios años: la puesta de Chúmbale, de Oscar Viale, que hoy puede verse en el Teatro Cervantes, con un elenco integrado por Alejo García Pintos, Eleonora Wexler, Graciela Pal, Roly Serrano, Silvina Bosco y Marcelo Mininno. En realidad, ya había estrenado la obra hace cuatro años, aunque en formato de semimontado, a beneficio de la Casa del Teatro. Escrita en 1971, la pieza transcurre en el seno de una familia presidida por un padre inflexible y autoritario que acusa a su yerno de querer apropiarse de la casa, todo por el simple hecho de reclamar un mínimo de privacidad, amén de querer cambiar el color de las paredes de su habitación. Sobre este último asunto, una de las dos hijas es más entusiasta que la otra, en tanto la madre oficia de componedora. El hijo policía, en cambio, no ve con buenos ojos que algo cambie en ese hogar, acostumbrado a tolerar la prepotencia de sus superiores. “Viale decía que escribía para divertir y conmover, y ésa es una fórmula válida para todos los tiempos”, opina el director.

En Página/12

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