Luciano Cáceres: Ciudad como botín


Vida urbana y capitalismo salvaje

El actor y director presenta otra entrega de la trilogía de René Pollesch, uno de los autores más radicales del nuevo teatro alemán. Se trata de un montaje acelerado y caótico, que retrata a ciudadanos reducidos a la condición de meros consumidores.

Con el estreno de Sex según Mae West, los porteños descubrieron el año pasado a René Pollesch, uno de los autores más radicales del nuevo teatro alemán, responsable de la sala Prater de la Volksbüne, el espacio experimental del teatro devenido sinónimo de vanguardia escénica, ubicado en la ex Berlín del Este. Actor y prolífico director de 30 años, Luciano Cáceres tuvo a su cargo la puesta en escena de la obra, previo workshop con el escritor durante cuatro jornadas en el Instituto Goethe. “Más que montar juntos la obra, fue la posibilidad de acercarme a su teatro, de tratar de entenderlo. Y la verdad, no tenía idea de cómo llevar ese texto a escena. Un discurso que podía ser dicho por una sola persona pero que estaba dividido en tres; un teatro de la no representación, tal como él lo define; un texto abrumador que no admite pausas”, recuerda Cáceres. Pero el desafío resultó una de las creaciones más elogiadas por el público y la crítica; hasta agregó funciones a comienzos de este año, que igual dejaron mucha gente afuera. ¿El motivo de tanto interés? El espectáculo combinaba un texto ácido, provocador y de fuerte tono político, en boca de tres prostitutas que lo vomitaban a grito pelado sin dar respiro –salvo cuando cantaban como divas–, y un montaje que multiplicaba imágenes mediante cámaras que seguían al trío y proyectaban en una pantalla lo que sucedía fuera de la vista del espectador.

Cáceres acaba de renovar la apuesta con Ciudad como botín (los lunes a las 21 en el Centro Cultural de la Cooperación, Corrientes 1543), que junto a la pieza anterior y a Gente en hoteles de mierda (pronto se estrena en Córdoba con dirección de Marcelo Massa) integran la trilogía del autor germano. En este segundo trabajo, la verborragia y el vértigo se mantienen, las escenas musicales y las proyecciones audiovisuales también, aunque todo se acelera y se descontrola más. Un desmadre de movimientos escénicos, coreografías, discursos teóricos, anécdotas personales y puteadas en la pequeña pero bien aprovechada sala Pugliese, un espacio tipo café-concert con escenario, mesas, sillas y un entrepiso, donde sucede buena parte de la acción. En esos espacios (fragmentados para la vista del público), que dos cámaras duplican y reproducen en una pantalla, el elenco –que incluye a las tres actrices de Sex– arremete contra el marketing como control social en ciudades administradas como empresas, con ciudadanos reducidos a consumidores.

En Página/12 - 16/06/08

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