Heidi Steinhardt

Acerca del buen karma de escribir
La directora de El trompo metálico se prepara para estrenar, en el teatro Payró, El lotecito
En la escena, una niña y sus padres. La pequeña se muestra sabelotodo, y tiene motivos: sus progenitores ejercen una fuerte influencia sobre ella a la hora de la educación. La escena puede ser una síntesis muy apretada de El trompo metálico, la pieza que desde hace casi un año presenta la autora y directora Heidi Steinhardt. Formó parte del ciclo Operas Primas del Rojas y ahora hace funciones en el Teatro del Pueblo.
Heidi Steinhardt es una muchacha muy singular. Tiene una imagen adolescente, casi como el personaje de su obra; habla rápido, cuida mucho la elaboración de conceptos precisos, pero no para aparecer como una seria intelectual, sino porque ella tiene la fuerte necesidad de expresarse con claridad. Y, mientras lo hace, parece que buscara que todo su ser confirmara esa hipótesis que desarrolla o esa imagen que le viene a la cabeza y que le sirve de ejemplo perfecto para graficar lo que afirma.
Al igual que su criatura de El trompo metálico, la vida de Heidi fue exigencia tras exigencia. Se apura a aclarar que su familia no tuvo nada que ver con eso. Le costó mucho darse cuenta de que podía ocupar un lugar importante en el mundo. Un poco de terapia, una honda entrega al budismo y dos maestros. Julio Chávez, primero, y Helena Tritek, después, la apoyaron y la ayudaron a cambiar su realidad. Así, logró descubrir que tenía un gran potencial por desarrollar y lo está haciendo. ¿Quién puede negarse a decirle: "Por suerte te aflojaste"?
¿Cómo llegó a la escritura? Lo explica: "No sé... No vengo de la literatura, de la dramaturgia. Cuando escribo, me posee una especie de espíritu bueno que me hace compañía y me ayuda a resolver problemas. Lo traigo de otra vida; es casi karmático, un buen karma que se manifiesta cuando me siento a la computadora. Hasta llegué a pensar que la computadora hace algo sola y yo no tengo registro. Uno tiene una necesidad muy potente, visceral, de contar cosas. Es como si inflara un globo y lo pinchara cuando está bien cargado, y ese aire que se va escapando se transformara en escritura. Se acabó el aire, se acabó la obra."
En La Nación - 15/06/08
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