sábado, 4 de marzo de 2017

La causa justa


La artesanía actoral de Mariano Bassi sobre un texto prodigioso

¿Cómo se puede escribir tan bien? se preguntaba César Aira sobre los textos de Osvaldo Lamborghini. Y es cierto, cuando uno termina de leerlos se encuentra subyugado. Su absoluta libertad, su obscenidad sin freno y su perfección formal lo convierten en uno de los principales autores de la historia de la literatura argentina. La causa justa tiene una anécdota clara: en un partido de fútbol de empleados, un ingeniero japonés, Tokuro, se toma en serio la bravuconada sexual que un colega dijo en chiste. Tokuro no entiende por qué en la Argentina todo es chiste, por qué cada afirmación es pasible de volverse su revés. Por una vez, Tokuro quiere que en la Argentina no haya chiste, que lo que se diga se cumpla, por fatídico que resulte.

La acción sucede en un colectivo, en una oficina, en una cancha de fútbol, en un vestuario y en un bosque. Esta puesta dirigida por Cristian Palacios ha reducido esos espacios a una habitación pequeña con cuadros de personalidades y una silueta pintada en el piso. Si esta historia oscilante entra completa en ese espacio, es pura y exclusivamente por una de las actuaciones más sorprendentes que pueden verse en escena en la actualidad. Será obligación de los jurados de los premios que el teatro nacional tiene para entregar analizar lo que hace en escena Mariano Bassi. Es una actuación de una generosidad superlativa, un ejemplar ejercicio de monologuista. La forma que Bassi usa es la de la farsa: sus personajes son seres quebrados, que mezclan lo alto y lo bajo, que aparecen siempre deformes en su corporalidad y en su moral. Es un actor que se brinda entero, que salta de un ser a otro, que con un mínimo gesto o una inflexión de la voz puede mostrar una pelea a muerte o el sutil y hermoso gesto con el que Tokuro extiende su mantel para preparar el último picnic. No es, ni busca ser, un prodigio físico ni vocal (aunque en ambos aspectos está excelentemente preparado), es un triunfo de la artesanía. Foco, dicción, tensión, relajación, relación con los objetos, cada movimiento está aquí medido y todos son naturales, clase magistral en la que entra lo más noble que tiene el teatro: esa unión verdadera entre actor y espectador. No es raro que el público termine más agotado que él, tras el subibaja emocional por el que ha sido llevado, Bassi sigue hablando tranquilo, con una energía que amenaza con volverse inagotable.

Por debajo de la prosa perfecta, esta puesta ha trazado una hipótesis política que se muestra al final: que la llanura del chiste se despliega como coyuntura de la vuelta a la democracia, de nuestra historia política reciente, que hay algo turbio en las promesas de un sistema que vino a dar de comer, a educar y a curar. Se necesita un esfuerzo del tamaño del de Bassi para estremecer de vuelta, para que el espectador pueda reír y sufrir a la par del universo de Lamborghini. Al final de este viaje, extenuante y placentero, recién ahí se nota que esos personajes y esos espacios sólo existieron porque enfrente hubo un actor genial. Entonces, quizá surja una pregunta análoga a la de Aira: ¿cómo se puede actuar tan bien?

Sala: Espacio Lavallén, Solís 1125 / Funciones: sábados, a las 21

Fuente: La Nación